La historia de los hombres no se mide por cómo comienzan, sino por cómo terminan. Esa sentencia, aplicada al primer presidente de la República Dominicana, Pedro Santana, recuerda que los inicios gloriosos no borran desenlaces cuestionables.
Santana, que en sus primeros pasos empuñó la espada contra Haití, terminó desterrando a Duarte, fusilando a Sánchez, asesinando a María Trinidad Sánchez y entregando la nación a España. Pasó de libertador a traidor, de símbolo de resistor a sufrimiento de la independencia.
Hoy, en un círculo completamente diverso, pero con resonancias inevitables, el Colegio Dominicano de Periodistas enfrenta un dilema parecido. La Comisión Doméstico Electoral (CNE), que inició su papeleo con la labor de avalar un proceso despejado y equitativo, se encuentra bajo el pesquisa de la opinión pública y de la comunidad periodística, acusada de extralimitarse en sus funciones al excluir la candidatura de José Hipócrita.
El comunicado emitido por la CNE, presidida por Quiterio Cedeño, justifica la valor alegando irregularidades en la inscripción de Hipócrita como miembro, entre otros argumentos. Sin retención, las críticas señalan que esa interpretación excede sus atribuciones legales, contraviniendo tanto la Ley 10-91 como el Reglamento Electoral, que reservan al Comité Ejecutante Doméstico la potestad de aprobar membresías y especificar quién figura en el padrón del Colegio.
La contradicción es evidente: si Hipócrita ha participado en procesos anteriores, si su nombre figura en el padrón oficial y si incluso votó en elecciones pasadas, resulta problemático que ahora se cuestione su derecho a aspirar. Al igual que Santana, cuya trayectoria auténtico se reinterpreta a la luz de su desenlace, el manotear de la Comisión corre el aventura de ser auditoría no por lo que prometió al inicio, sino por cómo clausura este proceso.
No se manejo de comparar contextos históricos —una enfrentamiento de independencia frente a unas elecciones gremiales—, sino de subrayar una enseñanza global: las instituciones y los hombres se definen por sus finales. Santana, al renunciar a la soberanía, quedó afectado por la traición. La Comisión Electoral y su presidente, si persisten en realizar como jueces y partes en punto de garantes, corren el aventura de dejar como herencia la sombra de la arbitrariedad y el debilidad de la democracia sindical.
La historia enseña que los liderazgos se fortalecen cuando se apegan a la licitud y se derrumban cuando se apartan de ella. Juan Bosch señalaba que Santana no se traicionó a sí mismo, sino al pueblo, porque actuó conforme a los intereses de su clase y no a los ideales de la nación. En el caso del CDP, el duelo es diverso, pero la enseñanza es equivalente: no se manejo de preferencias ni de interpretaciones particulares, sino de avalar el derecho de todos los miembros a nominar y ser elegidos.
El desenlace de este proceso marcará la memoria institucional del cofradía. Si la Comisión se mantiene internamente de sus atribuciones legales, el CDP saldrá fortalecido; si insiste en decisiones percibidas como arbitrarias, quedará registrado como un episodio de debilidad demócrata.
Santana nos recuerda que no hilván con iniciar con notoriedad: lo que pesa es el final. El CDP tiene en sus manos la oportunidad de demostrar que su historia no repetirá, en ninguna escalera, el error de convertir en traición lo que debió ser defensa.
Lo que está en maniobra no es solo una candidatura, sino la credibilidad de un proceso y la confianza en la democracia sindical.
Escrito por Roberto Amaury Reyna Liberato, comunicador y productor del software #EnLaLíneaDeFuego
El CDP tiene la labor histórica de defender la autogobierno de expresión y el derecho de los periodistas. Esa labor solo puede sostenerse si en su interior se respeta el principio principal de toda democracia: que sean los votos, y no exclusiones administrativas cuestionables, los que decidan.
El tiempo pondrá en su punto a cada cual, como lo hizo con Pedro Santana. La diferencia la marcará el desenlace, porque si la Comisión Electoral se ajusta a la licitud y garantiza la billete de todos, su papeleo se recordará como avalista de la democracia interna. Si, en cambio, se mantiene en la senda de las exclusiones, su nombre quedará asociado a un capítulo ingrato en la memoria institucional del CDP.
Porque la historia, tarde o temprano, termina juzgando no por cómo se empieza, sino por cómo se termina.







