
En las últimas décadas, República Dominicana ha enfrentado un proceso migratorio extraordinario: un desplazamiento poblacional masivo desde Haití que cambia, lenta pero profundamente, la composición demográfica, social y cultural de nuestro país.
Frente a este aberración, lo natural sería esperar que la clase pensante dominicana —académicos, juristas, periodistas y líderes de opinión— asumiera el deber histórico de reflexionar, alertar y proponer soluciones desde el interés doméstico. Sin requisa, la ingenuidad ha sido muy distinta y, por eso mismo, profundamente preocupante.
Una parte significativa de nuestra intelectualidad ha actuado como intelectual orgánico, en el sentido gramsciano: ha puesto su prestigio, sus cátedras, sus publicaciones y sus apariciones mediáticas al servicio de una novelística construida y financiada por organismos internacionales y ONG locales — como USAID y Décimo Ciudadana— que presentan el tema migratorio exclusivamente como una cuestión de derechos humanos y solidaridad, ocultando deliberadamente su dimensión estructural, demográfica, económica, política y de soberanía doméstico.
Este discurso ha tenido dos bienes principales:
- • Primero, ha legitimado y normalizado el desplazamiento poblacional haitiano como poco inexcusable y hasta deseable, invisibilizando los graves problemas que genera en términos de empleo, servicios públicos, seguridad y convivencia.
- • Segundo, ha convertido en tabú cualquier intento de crítica o propuesta de regulación: quienes cuestionan esta migración masiva son inmediatamente tachados de “xenófobos”, “ultraderechistas” o “antihaitianos”, cerrando así el debate tolerante.
Al mismo tiempo, otro sector de la clase pensante, quizá más incontable, ha optado por la indiferencia: calla, evita el tema, se refugia en abstracciones académicas o en debates secundarios, dejando el demarcación vacante para que la memorándum internacional se imponga sin resistor.
El resultado es peligroso:
- • La sociedad dominicana queda desarmada ideológicamente, sin un discurso auténtico para defender su identidad y su soberanía.
- • La élite intelectual, que debería servir de piloto y contrapeso, actúa como caja de resonancia de intereses externos.
- • Y los sectores populares que viven de cerca las tensiones del proceso migratorio quedan aislados y estigmatizados, sin representación ni voz autorizada.
Un país que renuncia a pensar desde sí mismo, que deja que otros construyan el relato sobre su ingenuidad y su futuro, termina perdiendo más que un debate: pierde la posibilidad misma de autodeterminarse como nación.
Hoy más que nunca, República Dominicana necesita una clase pensante que, sin complejos ni servilismo, recupere su compromiso con el interés doméstico, con la verdad de los hechos y con el derecho auténtico de todo pueblo a proteger su soberanía, su civilización y su futuro.






