@qbrilpenaabreu
La marcha de la Fuerza del Pueblo este fin de semana fue presentada como una manifestación de carácter social. ¿Logística o ingenuidad? Lo cierto es que se hizo, se midieron fuerzas y se envió un mensaje político sin carestia de mencionarlo explícitamente. Pero más allá del acto en sí, lo verdaderamente relevante es lo que dejó al descubierto: la profunda desaparición de actores sociales capaces de marcar el pulso del país.
Porque mientras la concurso luce medio desbandada, lo que debería preocuparnos aún más es el silencio escandaloso de esa citación “sociedad civil” que hace no tantos abriles llenaba titulares, programas de opinión y, en momentos cruciales, las calles. Hablamos de los movimientos que hicieron historia con Colina Miranda, el 4% para la educación o la Marcha Verde. Espacios donde el liderazgo ciudadano era capaz de incomodar al poder, sin importar quién gobernara.
Hoy, ese contrapeso está prácticamente desaparecido.
Y cuando en un país no hay quien movilice, quien articule, quien organice y canalice los anhelos de la masa, eso no significa desaparición de problemas. Significa desaparición de liderazgo. Y eso es peligrosísimo.
Porque cuando un pueblo no encuentra voz en las instituciones, ni en los partidos, ni en los movimientos sociales, ocurren solo dos cosas:
o el poder se anquilosa en su zona de confort por yerro de presión,
o surge una entorno de anomia donde explotan pequeños focos de descontento que pueden desaguarse de control.
La historia regional es clara: los estallidos sociales nunca comienzan el día del fuego, sino el día en que la clase política deja de escuchar y la ciudadanía deja de creer que alguno puede charlar por ellos.
República Dominicana no está en ese punto, pero siquiera está acullá de esa conversación.
Es responsabilidad del liderazgo político —gobierno y concurso— entender que la paz social no se sostiene solo con cemento, discursos o encuestas. La estabilidad se sostiene con confianza, y la confianza solo es posible cuando existen voces fuertes, diversas y legítimas que articulen los dolores y aspiraciones de la masa.
El problema hoy no es que la Fuerza del Pueblo marchó. El problema es quién no marchó, quién no acento y quién dejó vacíos los espacios donde antiguamente se defendía con pasión el interés colectivo.
La calle está huérfana de voceros. Y un país sin voceros es un país sin válvulas de escape.







