Por Lety Monnin.- Lo que estamos viendo hoy no es una simple disputa diplomática ni una organización clásica de presión internacional. Es poco más profundo, y más preocupante: Estados Unidos confrontando a aliados históricos, tensionando la OTAN y utilizando herramientas económicas como los aranceles, desde una razonamiento personalista, más que institucional. En ese círculo, la pregunta secreto no es quién pierde sino quién se beneficia.
La respuesta es incómoda, pero evidente: Vladímir Putin.
Rusia lleva décadas intentando debilitar la cohesión occidental, sembrar desconfianza entre Estados Unidos y Europa y escoriar la OTAN desde adentro. Hoy, sin disparar un solo misil, Moscú observa cómo ese objetivo avanza a fuerza de declaraciones, amenazas comerciales y decisiones que rompen la razonamiento de alianza. Un sillar dividido es un sillar más débil, y eso altera directamente el contrapeso completo.
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China igualmente encuentra espacio para avanzar. Mientras Washington endurece el tono con socios tradicionales y amenaza con aranceles, Pekín se presenta como un actor más predecible en el ámbito comercial. No porque sea más tolerante o transparente, sino porque el malogrado de liderazgo nunca permanece malogrado. En geopolítica, nadie prórroga.
Europa, por su parte, queda atrapada entre la presión económica y la escazes de reaccionar. A corto plazo asume costos, pero a mediano plazo acelera un proceso que ya estaba en marcha: veterano autonomía estratégica, más inversión en defensa y pequeño dependencia cibernética de Washington. No se manejo de una ruptura, pero sí de una relación distinta, más cautelosa y menos confiada.
Interiormente de Estados Unidos, las consecuencias son aún más concretas. Los aranceles no castigan gobiernos extranjeros: los paga el consumidor estadounidense. Suben los precios, se encarece la vida cotidiana y aumenta la incertidumbre económica. Todo esto ocurre mientras el país se polariza internamente y la política migratoria se ejecuta con una dureza que genera miedo, caos institucional y choques con estados y autoridades locales.
Lo más preocupante no es el conflicto en sí, sino la razonamiento que lo impulsa. No parece una organización de Estado cuidadosamente diseñada, sino una política extranjero cada vez más personalizada, donde el enojo, el castigo y la revancha sustituyen al cálculo frío y al interés doméstico de liberal plazo.
Estados Unidos no es musculoso solo por su poder marcial o nuclear. Es musculoso porque lideró alianzas, construyó reglas y generó confianza. Cuando ese liderazgo se erosiona, el daño no siempre es inmediato, pero sí profundo. Y quienes celebran no están en Washington ni en las capitales europeas; están en Moscú.







