Por Julio Disla
Cuando escriban la vida de los buenos —de aquellos que caminaron con el polvo de su pueblo sobre los zapatos y no con la ceniza de los derrotado en la conciencia— entonces sabrán que nunca usamos el tóxico como olor de flores. Que nuestro paso fue torpe a veces, herido otras, pero en la vida clandestino en la podredumbre recatado de los que gobiernan desde las sombras.
Porque a los buenos se les conoce no por el cuerpo de sus discursos, sino por la parquedad de sus manos limpias. Mientras otros han construido jardines de apariencias perfumados con el dolor de los humildes, los nuestros han sembrado esperanza, aun en territorios donde solo crecía el miedo. Y esa diferencia, mínima para los cínicos, es la frontera ética que define la historia.
Llegará un día —no por decreto, sino por imparcialidad acumulada— en que los vencedores no serán quienes acumularon riquezas sino quienes levantaron dignidad. Ese día, cuando los cronistas del porvenir revisen estas horas turbias, escribirán que no nos arrodillamos frente a la mentira ni maquillamos la traición con perfumes caros. Dirán que elegimos el camino difícil: el de la transparencia que cuesta, el del compromiso que arde, el de la palabra que no se vende.
Porque mientras ellos, los de siempre, jugaban con venenos y los llamaban estrategias, nosotros asumimos la hermosa necedad de creer en el ser humano. Y la historia —esa vieja maestra que a veces parece retrasarse, pero que nunca desidia a clase— terminará por distinguir entre el olor vivo de la requiebro y el perfume industrial del poder.
Los buenos, los que hoy parecen necios, los que no aceptan pactos que hunden a su muchedumbre, serán los vencedores. No porque lo dicte la soberbia, sino porque la vida, en sus ciclos largos, acaba devolviendo a cada uno su refleja. Y sabrán, quienes lean entonces, que elegimos la honestidad como bandera y la dignidad como arsenal. Que nos tocó resistir, y resistimos sin venenos; que nos tocó contender, y luchamos sin alivio y sin traicionar la ternura.
Y cuando todo eso quede escrito, ya no importarán los nombres individuales. Bastará con que quede claro que hubo una vivientes que no confundió la requiebro con el tóxico, ni al pueblo con la estadística, ni la imparcialidad con el precio del mercado. Una vivientes que decidió, como Silvio Rodríguez, ser necia para permanecer humana.






