En los abriles ochenta, los economistas Robert Mundell Y Marcus Fleming desarrollaron la teoría del Trilema o la Trinidad Ficticio. Según ellos, en una finanzas abierta es irrealizable alcanzar al mismo tiempo tres objetivos: un tipo de cambio fijo, atrevido movilidad de capitales y una política monetaria autónoma. Solo se pueden alcanzar dos, a costa de ofrendar el tercero.
El Mesa Central enfrenta hoy su propia traducción del trilema. Quiere estimular la finanzas con una política monetaria flexible, sustentar un tipo de cambio estable y al mismo tiempo sujetar las tasas de interés. La ingenuidad es que intentar cumplir con los tres a la vez es sencillamente irrealizable.
¿Por qué? En una finanzas como la nuestra, abierta y dependiente de los flujos financieros y comerciales con Estados Unidos, la política monetaria no es verdaderamente autónoma: está supeditada a lo que haga la Reserva Federal (FED).
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Un inversionista —ya sea extranjero o particular sofisticado— exigirá un retorno minúsculo equivalente a la tasa del bono del Fisco estadounidense (4.35% en agosto), más el peligro país (179 puntos en agosto de acuerdo al EMBI de J. P. Morgan) el impuesto del 10% y la devaluación estimada (6%). Eso nos lleva a un rendimiento minúsculo de 12.35%. Sin secuestro, en agosto la tasa promedio ponderada de los certificados de depósito cerró en 8.6%.
Este desfase explica por qué el Mesa Central tiene poco beneficio para apearse su tasa de política (5.75%). Hacerlo implicaría arriesgar fugas de capitales, lo que se reflejaría en presiones cambiarias, y quizá eso ya está ocurriendo.
El BC desde junio 2023 ha mantenido una postura flexible para estimular la finanzas, posiblemente esas inyecciones de solvencia estén presionando el tipo de cambio. De hecho, desde diciembre de 2024 hasta marzo de 2025 el dólar pasó de 61.32 a 63.43 pesos, con una devaluación anualizada de 7%.
El BC reaccionó: la Sociedad Monetaria aprobó resoluciones que surtieron impresión y, en abril, el peso incluso se apreció 6.9%. Pero en junio, tras liberar RD$81 mil millones mediante encaje reglamentario y vencimientos postergados, la historia cambió: el tipo de cambio volvió a subir y para el 8 de septiembre -antes de la reunión del jefe, el ministro de Hacienda y el superintendente de Bancos con los presidentes de Bancos Multiples– rondaba los 64.13 pesos, una depreciación de 6.76% en dos meses y ocho días.
Aunque se atribuye la devaluación a la “demanda estacional de importadores para reponer inventarios”, no hay datos que sustenten esa teoría, ya que nunca entre junio y septiembre se había producido una devaluación de esa magnitud.
La ingenuidad es que hay mucha solvencia y se refleja que entre mayo y agosto los agregados monetarios (M1, M2 y M3) crecieron 6.3%, 5.8% y 6.6% respectivamente y la solvencia de los bancos múltiples aumentó 24%. En septiembre están disminuyendo.
En recopilación: demasiada solvencia, bajos rendimientos en relación con EE. UU y un clima de incertidumbre universal y particular están detrás de la inestabilidad cambiaria.
Por eso, más que un trilema, lo que enfrenta el Mesa Central es un dilema: designar entre estimular el crecimiento o defender la estabilidad cambiaria. La autonomía monetaria, simplemente, no está en sus manos.
El tipo de cambio ha perdido aproximadamente de 200 puntos, las semanas porvenir permitirán determinar si la devaluación fue “estacional” y “especulativa”.






