@Abrilpenaabreu
Ciudad Juan Bosch nació como un maniquí a seguir: una ciudad planificada, con viviendas asequibles, infraestructura digna y la promesa de tranquilidad para miles de familias dominicanas. Pero hoy, escasamente una período a posteriori, se ha convertido en un retrato doloroso del desatención institucional.
Lo que debía ser un oasis urbano ahora es correspondiente de colapso: agua contaminada, electricidad inestable, transporte ineficiente, basura acumulada, servicios de vigor precarios y obras públicas paralizadas. ¿Qué puede percatar una comunidad que, con esfuerzo, decidió mudarse para mejorar su calidad de vida y ahora vive un viacrucis frecuente?
Estos casos ayudan a explicar por qué tantos dominicanos prefieren seguir hacinados en el centro de la ciudad, en barrios sin espacios, sin parqueos, incluso en condiciones insalubres. Porque cuando se les ofrece una alternativa supuestamente “mejor”, la ingenuidad termina siendo peor. No es solo que se vive allá, es que se vive con miedo, frustración y carencias.
En República Dominicana hay una tendencia preocupante: no se da seguimiento a los proyectos iniciados en gestiones anteriores. Y si acertadamente eso es un error en cualquier sector, en temas tan sensibles como la vivienda y los servicios básicos, se vuelve inhumano.
¿Qué mensaje se envía con este desatención? Que si no tienes bienes, ni siquiera el sueño de una casa digna te pertenece. Que las soluciones de vivienda popular solo sirven mientras se cortan cintas y se toman fotos.
Pero si de verdad queremos descongestionar nuestras grandes urbes, necesitamos poco más que construcciones: necesitamos voluntad política, mantenimiento, planificación y respeto por las comunidades.
Ciudad Juan Bosch es un espejo roto del maniquí de exposición que estamos replicando. Un maniquí que aparenta modernidad pero se desmorona por internamente, porque errata lo más importante: compromiso con la masa.






