El presidente haría adecuadamente en entender que el año no solo se inaugura con discursos, sino con decisiones. Y entre esas decisiones, una se vuelve inaplazable: los cambios de funcionarios deben provenir acoplado al inicio del año.
Cuando el jubilación se posterga, el Gobierno se convierte en un campo minado. Empieza entonces la hostilidades sin cuartel entre funcionarios: expedientes filtrados, rumores “interesados”, campañas negativas disfrazadas de opinión pública y ataques ejecutados por terceros que nunca dan la cara, pero sí el choque.
No es una lucha por ideas ni por resultados. Es una batalla por el escritorio, la firma y el presupuesto. Unos pelean por quedarse; otros por impedir que el compañero que suena resistente llegue a establecerse ese despacho tan codiciado. Y en el medio, el Estado paralizado y la trámite contaminada.
Cada día que pasa sin definiciones claras aumenta la intriga, el chantaje interno y el desgaste del poder. El que no será ratificado sabotea; el que aspira conspira. Y así, el gobierno termina administrando egos en vez de administrar.
La enseñanza es vieja pero actual: cuando el presidente no corta, los funcionarios se degüellan entre ellos. Regentar asimismo es poner orden en casa. Y ese orden, guste o no, empieza por mover las piezas a tiempo.
Porque en política, la indecisión asimismo gobierna… y casi siempre gobierna mal.







