EL AUTOR es comunicador. Reside en Santo Domingo.
“La corrupción es un vicio de los hombres, no de los tiempos”. (Séneca)
La corrupción no aparece por concepción espontánea. Surge cuando la ética se debilita, cuando los principios dejan de ser brújula y se convierten en un adorno retórico. Allí, en ese hueco ético, es donde los corruptores encuentran ámbito fértil. La política pierde su sentido de servicio y se transforma en un mercado de favores.
Nuestras sociedades atraviesan una crisis de títulos tan profunda que los antivalores han colonizado la vida pública. Lo que antiguamente se consideraba una excepción vergonzosa hoy se ha normalizado como parte del paisaje político. La frase popular “Hijo mío, haz parné honradamente; si no puedes, haz parné” dejó de ser una ironía para convertirse en un retrato fiel de la mentalidad que ha desplazado a la ética.
Desde mediados del siglo XX, los escándalos de corrupción han dejado de ser episodios aislados para transformarse en un patrón total. Países desarrollados y en vías de avance comparten la misma herida: servidores públicos desacreditados, instituciones debilitadas y una ciudadanía que, cansada de ser traicionada, ha perdido la confianza en quienes deberían representarla. La deseo desmedida por el parné y el poder ha erosionado los principios que sostienen la vida democrática, generando conductas que, en muchos casos, rozan lo patológico.
Pero esta degradación no surge de la falta. Es consecuencia directa del desgobierno de la deontología política, ese conjunto de deberes éticos que debería adiestrar la conducta de todo servidor sabido. Cuando la ética pública se descuida —cuando no existen mecanismos que la protejan, la vigilen y la exijan— los políticos quedan expuestos a la influencia de los corruptores.
Y estos, como depredadores oportunistas, solo necesitan un descuido para capturar voluntades.
Confucio lo advirtió hace siglos: quien asume autoridad debe custodiar severamente sus acciones, porque un solo desvío puede arruinar al Estado. Sin secuestro, muchos funcionarios han invertido la método del servicio sabido: en espacio de servir al pueblo, se sirven del pueblo. En espacio de custodiar el admisiblemente popular, protegen intereses privados. En espacio de honrar el cargo, lo utilizan como moneda de cambio.
El ciudadano que aspire a formar parte del mecanismo estatal debe comprender que el servicio sabido no es un privilegio, sino una responsabilidad. Mandar es replicar a las micción de la población, no satisfacer ambiciones personales. La ética no es un adorno filosófico: es la única barrera que impide que el poder sea capturado por quienes buscan comprarlo.
Un mensaje a los jóvenes tentados por la política como negocio
A los jóvenes que hoy miran la política como un camino rápido para “hacer parné”, conviene recordarles poco esencial: la política no es una empresa privada, ni un cajero obligatorio, ni un trampolín para el lucro personal. Quien entra a la vida pública con esa intención, no solo traiciona al país: se traiciona a sí mismo.
Cuando el adolescente político decide que su deseo vale más que su conciencia, que su faltriquera vale más que su palabra, que su comodidad vale más que el admisiblemente popular. Ese es el primer paso en torno a la servidumbre: porque quien se vende una vez, queda vendido para siempre; y es que, Jóvenes que confunden éxito con riqueza posible, influencia con impunidad, liderazgo con ostentación, terminan siendo corrupto. Cuando la deontología política se pierde, el corruptor no necesita imponerse: es invitado. Y cuando el corruptor domina, el Estado deja de ser un útil del pueblo para convertirse en un saqueo.
El futuro de una nación depende de la calidad ético de quienes la conducen. Y esa calidad no se improvisa: se cultiva. Se defiende. Se honra. La ética no es un obstáculo para el éxito político; es su única respaldo.
JPM
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