
Por Regino y Martínez García
Voté por un cambio. Creí en un plan que prometía romper con la arrogancia, la corrupción y el clientelismo que nos había hundido como país. Creí en un presidente cuyo consigna resonaba en cada rincón: “El cambio va”. Y lo sigo creyendo… al menos en él. Porque lo que no puedo seguir creyendo es en muchos de los que hoy ocupan cargos gracias a compromisos políticos que, en vez de construir el cambio, lo están saboteando desde adentro.
No me aparté de la política porque me aburriera, sino porque me harté. Me harté de ver cómo compañeros que un día eran humildes, solidarios y defensores de la concurrencia, hoy, con un título y un escritorio, se han transformado en burócratas arrogantes, incapaces de mirar de frente a quienes un día caminaron con ellos bajo el sol pidiendo un voto.
No culpo al presidente por esto. Sé que, para manejar, tuvo que hacer compromisos, negociar espacios y colocar personas que ya estaban en el interior de la estructura partidaria. Pero la chasco nace de cómo muchos de esos funcionarios, en puesto de ser agentes de cambio, se han convertido en un obstáculo. No suman. No construyen. Al contrario: se encierran en círculos cerrados de poder, apoyan solo a quienes les conviene y desprecian a quienes piensan diferente o no pertenecen a su “camarilla”.
Y aquí aparece otro enemigo silencioso: la amnesia política. Esa enfermedad que hace que algunos olviden, en cuestión de meses, las luchas que libraron, las promesas que hicieron y las manos que un día les dieron apoyo. Es un mal que no se ve de inmediato, pero que carcome desde en el interior, porque cuando un dirigente olvida de dónde viene, inevitablemente pierde el rumbo en dirección a dónde debe ir.
Lo más serio es que este comportamiento no solo decepciona a la militancia, sino que fortalece a la examen. Hoy, el longevo peligro para cualquier plan político no es el otro partido, sino el fuego amigo que viene desde adentro. La examen ni siquiera tiene que esforzarse; hilván con esperar a que estos “compañeros” sigan cavando su propia tumba política con su prepotencia, su desconexión de la efectividad y su memoria selectiva.
Y no es que se trate de simples roces internos. Hablamos de dirigentes que han olvidado por completo el sacrificio que implicó arribar al poder. Hablamos de personas que, hace pocos abriles, no tenían más que la esperanza y la camiseta del partido, y que ahora, con un poco de poder, se creen intocables. Actúan como si el cargo les perteneciera, no como si se lo debieran a la concurrencia.
Yo creí en un cambio para todos, no para unos pocos. Creí en un gobierno que le diera espacio a la meritocracia, no al amiguismo. Y aunque aún confío en que el presidente quiere ese cambio, no puedo cerrar los luceros delante la efectividad: hay quienes, desde en el interior, están frenando lo que tanto nos costó conseguir.
Lo que más me duele es que, mientras el pueblo paciencia resultados, nosotros mismos, los que apostamos por esta causa, vemos cómo la promesa de cambio se ve empañada por el ego, la soberbia y el olvido. El cambio puede ir, pero no irá acullá si se carga con el sobrecarga de funcionarios que se olvidaron de dónde vienen y para qué están ahí.
Si el partido quiere seguir diciendo “El cambio va”primero tiene que emprender por cambiar a los que lo están frenando. Porque el cambio no se mide solo en obras y discursos, asimismo se mide en la humildad, en la cercanía con la concurrencia y en la capacidad de escuchar, incluso cuando no conviene políticamente.
Y cierro con lo próximo
El cierto enemigo del cambio no es la examen, es la traición silenciosa de quienes se disfrazan de aliados mientras sepultan la esperanza con su olvido y su ego. El cambio no va… si los mismos de siempre siguen sentados en las sillas que se ganaron con nuestras luchas, pero gobiernan como si nunca hubieran sido parte de ellas. Desilusionado, pero no desesperanzado me despido Regino y Martínez.




