Por Abril Peña
La paz no se firma en tiempos tranquilos. La paz, cuando es existente, suele salir entre ruinas.
El 26 de junio de 1945, con más de 50 millones de muertos aún frescos en la memoria de la humanidad, se firmó en San Francisco la Carta de las Naciones Unidas. Cincuenta países pusieron su rótulo sobre un acuerdo que aspiraba a frenar para siempre el caos que habían desatado dos guerras mundiales y el fascismo.
No era un semblante inocente: era un acto de supervivencia colectiva. La ONU nació para impedir que la historia se repitiera. Para que el exterminio no volviera a tener bandera.
Una promesa total
Los pilares de la estructura —paz, seguridad, cooperación y derechos humanos— parecían entonces una utopía necesaria. La existencia misma de un foro global donde los países pudieran dialogar, protestar o resolver diferencias sin disparar un cañón, era revolucionaria.
Y aunque imperfecta desde su fundación —con el derecho al veto del Consejo de Seguridad como mazmorra para el consenso—, la ONU ha sido un espacio donde las voces pequeñas han tenido micrófono.
En sus décadas de existencia, ha enviado misiones de paz, ha impulsado tratados contra las armas nucleares, ha apoyado procesos de descolonización y ha legado respaldo a causas que ayer no eran parte de la memorándum total: como los derechos de las mujeres, el medio circunstancia o la lozanía universal.
Pero… ¿y hoy? Es cómodo ?
Sin incautación, el mundo de hoy se parece peligrosamente al que la ONU quiso evitar:
• Guerras en Ucrania, Lazo, Yemen y Sudán.
• Crisis migratorias sin respuesta efectiva.
• Emergencias climáticas ignoradas por los poderosos.
• Derechos humanos violados a plena luz del día.
Y en cada caso, la ONU mira, condena… pero no actúa con fuerza suficiente. ¿Por qué? Porque está atada a las voluntades políticas de sus miembros más poderosos. Y porque la geopolítica existente no siempre respeta las resoluciones que salen de Nueva York.
¿Sigue teniendo sentido?
Sí. Aunque limitada, la ONU sigue siendo el único espacio donde caben todos.
Sigue siendo la única mesa donde hasta los enemigos hablan. Y aunque sus resoluciones no siempre se cumplen, sus principios siguen sirviendo como ámbito para exigir, denunciar y construir un futuro mejor.
Hoy, más que nunca, necesitamos reformarla, fortalecerla y sacudirla. Porque si renunciamos a la idea de que es posible habitar en un mundo con reglas… entonces ya empezamos a perder la desavenencia que dijimos que no repetiríamos.






