
«Mientras las formas anticuadas de pensamiento eviten que las mujeres hagan una contribución significativa a la sociedad, el progreso será flemático». -Nelson Mandela-.
Un amigo patrón, quien omito por petición propia, me envió hace unos días esta consejo sobre la relación existente entre el conocimiento, la experiencia, la cercanía y el carisma como herramientas poderosas en el arte de regir. Combinadas todas con la inclinación humana del servicio divulgado derivado del interés universal sobre la protección del hombre y los mecanismos de supervivencia en una sociedad cada vez más encaminada à la búsqueda del firmeza crematístico sostenido en la relación público-privada.
Aquí la consejo de mi amigo secreto.
En una de esas tertulias que se forman casi por inercia en los cafés de Santo Domingo —una peña de buen nivel, donde se sientan hombres que han pensado y han servido al país desde distintos ángulos, desde empresarios hasta exgobernadores del Parcialidad Central— surgió una consejo que merece compartirse. Se hablaba del rumbo doméstico, de los desafíos presentes y del tipo de liderazgo que efectivamente puede hacer avanzar a la República Dominicana. En ese contexto, una voz firme lanzó una idea que resuena más allá del momento: “La mejor para la República Dominicana es la tecnopol, porque es quien puede ganar que las cosas sucedan, y de la modo correcta.”
La figura de la tecnopol —esa rara combinación entre formación técnica rigurosa y sensibilidad política refinada— no es frecuente. No se improvisa, ni se construye de la oscuridad a la mañana. La tecnopol no solo domina los sistemas, los datos, las estructuras institucionales; todavía tiene el tacto, el instinto y la experiencia que solo se adquieren viviendo la política desde adentro, con inclinación, con entrega, con historia.
En un país en donde muchas mujeres preparadas no han hecho vida partidaria y, luego, algunas carecen del tejido político necesario para construir mayorías; y donde otros han tenido responsabilidades visibles, pero sin la profundidad técnica o el raigambre político partidario que exige el momento, la Tecnopol representa una esperanza distinta. Ella encarna la posibilidad de una conducción que no depende ni del azar ni del marketing, sino de la competencia actual.
En impresión, como se evidenció en esa conversación, solo quienes han mostrado posibles tanto técnicos como políticos y una forma de capacidad política que los diferencia de tecnócratas puros o de políticos tradicionales pueden ser consideradas verdaderas tecnopols. No es una calificativo cualquiera, es una distinción que se apetito con mérito y con historia. Se alcahuetería de tener preparación, sí —y del más suspensión nivel—, pero todavía de aprender hacer. De ganar consensos sin ceder principios, de ejecutar con eficiencia sin perder humanidad.
La tecnopol entiende que regir no es solo gobernar; es interpretar el momento, escuchar al pueblo y ejecutar con visión de corto, mediano y dispendioso plazo. Desde aquella conversación informal, quedó claro que el liderazgo que necesita este tiempo no puede apoyarse exclusivamente en la popularidad de una imagen construida. Tiene que surgir de esa mezcla poderosa entre conocimiento profundo y convicción política. Porque cuando una mujer reúne ambas cualidades, no solo dirige correctamente: todavía transforma, ¡ESA, CLARO QUE SÍ, ES CAROLINA!
Concluye mi amigo.





