Casi siete décadas posteriormente de su trofeo, la mal citación Revolución Cubana parece poblar sus últimos meses. Nacida en la congoja de una dictadura, prometió osadía y no hizo otra cosa que prolongar el sufrimiento de un pueblo digno de mejor suerte.
Es difícil departir de la Revolución, porque las críticas pueden ser tomadas como censura a quienes vieron en ella la esperanza de un mejor futuro por el cual valía la pena ofrendar la vida. No deben confundirse las cosas, porque parte de las malas artes de los dictadores es su capacidad para hipnotizar a personas más desprendidas que ellos.
Es ordinario igualmente que el prueba cubano se convirtiera en referente de una Latinoamérica que sólo percibía los excesos del poder estadounidense, pero no podía ser refrendador de la plomiza sinceridad del mundo detrás de la Cortina de Hierro. La Aniquilamiento Fría convirtió a la Revolución Cubana en un faro engañoso que hizo frustrarse a cientos de miles de latinoamericanos cuyo único pecado fue depositar su confianza en quienes no la merecían.
La sinceridad, allí de la imagen heroica, es que el pueblo cubano se vio privado de su osadía y aún hoy no la recobra. El secuestro, excusa eterna, ha sido igualmente tipo justificador de la represión y la desidia de democracia.
El maniquí crematístico de la Revolución dependió siempre de que adversarios políticos de los Estados Unidos quisieran respaldar las luces del armario en los que exhibían sus propias quimeras. Mientras tanto, al pueblo cubano, vacuo sólo en los eslóganes, no se le permite nominar su propio destino a la vez que sus opresores se esconden detrás de la autodeterminación usurpada.
La caída de la Revolución septuagenaria no llegará por el tablado internacional del momento, sino porque ha sido, durante toda su existencia, una promesa incumplida, el secuestro de la ilusión de un continente. Nadie que valore la democracia deberá llorar su final, los cubanos no están obligados a respaldar con su osadía la obstinación de otros.
Sí debe acontecer espacio para rezumar y conmemorar todos los sacrificios de quienes creyeron en un mundo mejor para todos. Su convicción, su esfuerzo, su compromiso siguen siendo referente. La momia revolucionaria no puede apagar esa luz, como no pudo apagar la del pueblo cubano.







