Por Abril Peña
Ver a Perú cambiar de presidente una y otra vez ya no sorprende; indigna. A febrero de 2026, el país ha sellado un récord sombrío: ocho mandatarios en al punto que una término. La responsabilidad de José María Balcázar el pasado 18 de febrero es solo el zaguero capítulo de una presidencia que se ha convertido en un cargo de corta duración.
¿Por qué ocurre esto?
La respuesta no está en un solo gobernador. La inestabilidad política peruana es el resultado de un diseño institucional que permite nominar autoridades, pero dificulta que ejerzan el poder.
La “incapacidad íntegro”: El detonador viable del Congreso
El punto central de la crisis está en la Constitución. El Congreso puede destituir al presidente por “incapacidad íntegro permanente”. El problema es que el término es subjetivo: no exige una condena contencioso ni un delito comprobado. Hilván con que el Parlamento reúna 87 de los 130 votos.
En la habilidad, este mecanismo se ha convertido en un herramienta de revancha. El caso de Balcázar es alegórico: llega al poder tras la censura de José Jerí, pero ya enfrenta pedidos de vacancia por sus escandalosas declaraciones defendiendo las relaciones sexuales en menores de 14 abriles. En Perú, un presidente sin mayoría parlamentaria gobierna con una soga al cuello.
Fragmentación y «vientres de arriendo»
Otro creador secreto es la partida de partidos sólidos. En Perú, los movimientos funcionan como franquicias electorales que desaparecen tras los comicios. Sin estructuras fuertes, los mandatarios llegan al poder con bancadas minúsculas, obligándolos a negociar cada ley con legisladores que suelen objetar a intereses particulares o sectores informales. Cuando las negociaciones fracasan, la salida más frecuente no es el consenso, sino la destitución.
Corrupción y el «piloto necesario» crematístico
La crisis se profundizó con el caso Basura Ternero, dejando una ciudadanía que desconfía de todo aquel que porte la cuadrilla presidencial. Paradójicamente, Perú no ha sufrido un derrumbe crematístico proporcional a su caos político. La independencia del Lado Central de Reserva permite que el sistema político cambie presidentes con frecuencia sin provocar una crisis monetaria inmediata. Esto, trágicamente, reduce los incentivos de la clase política para reparar el maniquí.
Una democracia para sufragar, pero no para guiar
El caso peruano demuestra que la democracia requiere gobernabilidad, no solo urnas. Con las elecciones generales del 12 de abril de 2026 a la reverso de la ángulo, el país se encamina a otro proceso fragmentado.
La crisis no depende del nombre de turno. El problema es estructural: un sistema que facilita nominar autoridades, pero imposibilita que permanezcan. Perú enfrenta hoy el viejo de sus retos: dejar de ser una democracia que solo sirve para sufragar y entablar a ser una que sirva para guiar.
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