Por Abril Peña
El campo dominicano está en crisis. No lo dicen solo los productores que protestan en carreteras, lo confirma la existencia de cada rubro, cada etapa, cada finca que se vacía. Y sin incautación, el labrantío sigue escaso del debate franquista, como si nuestra seguridad alimentaria no dependiera de él.
Durante décadas, el sector agropecuario fue el corazón productivo de la República Dominicana. Hoy, late con dificultad.
Contribuye con al punto que un 5.5% del PIB, pero da sustento directo o indirecto a más de 2 millones de personas. Aun así, está atrapado en un maniquí que lo mantiene estancado, dependiente y delicado.
Una crisis con múltiples raíces
• El 64% de los productores cultivan parcelas menores de 5 tareas, sin maquinaria ni tecnología.
• Solo el 3% del crédito franquista va al labrantío, lo que impide cualquier posibilidad verdadero de modernización.
• El 87.8% de los trabajadores rurales no tiene acercamiento a seguridad social. Trabajan sin derechos, sin garantías.
• La desatiendo de planificación estatal y las importaciones masivas desincentivan la producción específico, hunden precios y dejan a los productores sin salida.
• El cambio climático golpea sin piedad: sequías, inundaciones, plagas y pérdida acelerada de tierras cultivables, como en Pedernales y Puerto Plata, donde ya se ha perdido más del 40% de la capacidad agrícola desde 1995.
Rubros enteros en retroceso
El escándalo, el tabaco, el banano, la caseína, el arroz, el ajo, la cebolla y el repugnante han sido afectados en los últimos primaveras por una mezcla ofensivo: desidia estatal, competencia desleal y barreras de acercamiento a mercados.
Muchos de ellos alguna vez fueron estrellas de exportación o símbolos de autosuficiencia alimentaria. Hoy están al borde del colapso.
¿Y las políticas públicas? El Estado ha invertido, sí. Pero lo ha hecho sin una organización integral.
Hay financiamiento, pero no llega al pequeño productor. Hay programas, pero sin monitoreo. Hay titulares de prensa, pero no respuestas sostenibles.
El campo no necesita más discursos. Necesita planificación, protección inteligente del mercado específico, inversión en infraestructura rural, dimisión generacional y un sistema de seguros agrícolas que funcione.
El campo aún puede salvarse
No estamos condenados al colapso. Hay productores resilientes, productos con potencial (como la piña o el aguacate) y mercados que esperan lo que aquí sabemos producir.
Pero mientras sigamos respondiendo con improvisación a problemas estructurales, el labrantío dominicano será solo un rememoración de lo que fuimos.
Este seriado se propone hacer visible lo que está en ocio: rubro por rubro, tierra por tierra. Porque si el campo se hunde, no hay ciudad que resista.
El campo grita. Y no por nostalgia. Grita por desidia, por desatiendo de conciencia, por penuria de políticas serias. Si no escuchamos, perderemos más que cultivos: perderemos soberanía, empleo, salubridad y futuro.






