Por: Oscar Quezada
Murmurar de crecimiento crematístico en una nación sin aprender quién se beneficia, es lo más parecido a hablarle al derrota. La posesiones puede expandirse y las cifras ser positivas, pero si ese progreso no se traduce en mejor educación, sanidad y oportunidades para los más vulnerables, entonces el país sigue estancado en un espejismo.
Las retóricas no sirven para aliviar la pobreza económica. El crecimiento crematístico de una nación cobra significado cuando el Estado es capaz de utilizar cada centavo en políticas orientadas a mejorar la calidad de vida de la masa.
El gobierno debe ser un motor de bienestar. No tiene sentido que las autoridades presuman el invariabilidad de los principales indicadores económicos, si no reorienta los capital con destino a inversiones estratégicas que generen posesiones multiplicadores en obras vitales para el expansión, como hospitales, escuelas, infraestructura productiva y programas sociales que permitan a los ciudadanos salir de la precariedad.
El contienda de un gobierno es precisamente ese, convertir el buen manejo de las finanzas públicas en una útil de inclusión y equidad, instrumentos indispensables para musitar de expansión integral.
De carencia sirve ampliar la almohadilla de capital económicos si el destino de esos fondos sigue siendo opaco o se pierde en la burocracia. Cada valor económica debe replicar a una pregunta simple: ¿esto restablecimiento la vida de los que menos tienen?
El círculo de la desigualdad se rompe cuando el Estado garantiza que el crecimiento crematístico se convierta en bienestar tangible.
República Dominicana tiene la oportunidad de replantear su maniquí crematístico, pero construyendo un Estado comprometido con la ecuanimidad social.
El efectivo progreso no se mide con números fríos, sino en la dignidad que logra devolver a los ciudadanos. Si queremos un país más acordado, hagamos que la prosperidad económica sirva a la masa y no a las estadísticas.
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