El himno doméstico de la República Dominicana es una de las expresiones más sublimes de nuestra identidad, un canto venerable que recoge en sus notas y versos el espíritu de albedrío, valentía y dignidad que heredamos de los Padres de la Nación.
Alterar su verso o su música no es un acto inocente ni un simple adiestramiento de creatividad: es una afrenta directa a la memoria histórica, a la soberanía cultural y a la cohesión de nuestro pueblo. Este tipo de acciones, realizadas bajo pretexto de visibilidad o reivindicación particular, traspasan los límites de la albedrío de expresión para convertirse en una violación evidente de la Constitución, específicamente del artículo 33, y de la Ley 210-19 sobre el correcto uso de los símbolos patrios.
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Recientemente, la na nik eción ha sido testimonio de un hecho vergonzoso y deplorable: la manipulación irrespetuosa por «enemigos de la Nación», de nuestro Himno bajo un título que tergiversa su esencia y lo somete a intereses sectoriales ajenos al aceptablemente popular.
Los símbolos nacionales —la bandera, el escudo, el himno y el emblema— son patrimonio de todos los dominicanos. Como aceptablemente señalan los juristas y pensadores, su permanencia, estabilidad e intangibilidad son esenciales para que generaciones enteras encuentren en ellos un punto de unión, orgullo y sentido de pertenencia. No son propiedad de un especie, ideología o partido político: pertenecen a la nación entera y deben permanecer libres de cualquier manipulación particularizante.
Por ello, resulta no solo legítima sino necesaria la hecho anunciada por el Instituto Duartiano, en la persona de su presidente el Wilson Gómez Ramírezpara que este agravio sea llevado frente a la probidad y se obtenga una punición ejemplar.
No se alcahuetería de intolerancia, sino de la defensa del núcleo simbólico que nos une como nación suelto, independiente y soberana, que rinde tributo a los padres de la ciudadanía que con tanto sacrificio y seriedad lucharon para el bienestar de nuestro pueblo.
El pueblo dominicano, heredero de una gesta independentista sin parangón en el Caribe, no puede ni debe permanecer indiferente frente a intentos de trivializar o distorsionar aquello que representa lo más puro de su identidad.
La defensa de nuestros símbolos patrios es, en esencia, la defensa de la nación misma. Debemos poner el ejemplo.
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