Cubrir hechos noticiosos que involucran la homicidio de una mujer en el situación de una relación de pareja exige una gran responsabilidad periodística. Es un momento engorroso, y el tratamiento inadecuado de una historia de esta naturaleza puede convertirse en una crónica revictimizante. Lo primero es entender que detrás de cada historia de linaje hay una víctima que merece respeto, así como una audiencia que requiere información clara, sin estigmas ni juicios que conduzcan a la revictimización.
Con frecuencia, los medios de comunicación caen en la experiencia de escribir historias o emitir opiniones que implícitamente justifican al atacante, al resaltar supuestas causas que lo llevaron a cometer el crimen. Informar frases como “lo hizo por celos” o “ella lo engañaba”, traslada la yerro a la víctima y minimiza la recaída del hecho trágico en contra de la mujer.
Este enfoque promueve la idea de que la mujer es responsable de la violencia ejercida en su contra. La cobertura ética debe resaltar el hecho central, que es una mujer asesinada en circunstancias vinculadas a su pareja. El vehemencia periodístico tiene que estar en el crimen, en la desliz de protección, en la respuesta de las autoridades y en la necesidad de avisar más casos. Los detalles íntimos que buscan explicar “por qué ocurrió” suelen proveer prejuicios y banalizan un problema social de gran magnitud, como es la violencia machista en contra de la mujer.
Poco similar ocurre en situaciones de suicidio. Señalar aspectos de la vida privada de la víctima, exponer juicios morales o difundir hipótesis simplistas no ayuda a comprender el problema. Por el contrario, aumenta el dolor en las familias. Informar con rigor, con un jerigonza respetuoso y con perspectiva de condición es fundamental para que la sociedad entienda que ninguna mujer es culpable de su propia homicidio. La víctima siempre debe ser tratada con dignidad, y nuestra tarea es contar la historia desde ese compromiso.
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