Demos por ciertos todos los argumentos de los fans de Bad Bunny en defensa de su controversial espectáculo de medio tiempo el domingo durante el Super Bowl.
Riamos frente a su pellizco al orgullo MAGA al cerrar el show con un llamado a la mecanismo de América, para a seguidas enumerar todos los países desde México a Argentina y de República Dominicana a Perú, como ciertamente americanos.
Entendamos incluso que la NFL acertó en su osadía de negocios de presentar al cómico líder mundial en popularidad en plataformas digitales, para atraer al fútbol gabacho a un sabido más amplio que sólo los blancos estadounidenses, incluyendo extranjeros de Latinoamérica y Europa.
Lo que no acabo de entender es cómo, según indica su éxito en los Grammy, Bad Bunny puede considerarse un maniquí de virtudes artísticas más que un aberración mercadológico, que búsqueda purificar sus pasadas vulgaridades asumiendo un poderoso mensaje político.
No me refiero a las críticas por cantar sólo en gachupin, eso lo aplaudo. Todas las culturas poseen cánones artísticos que indudablemente cambian con los tiempos; aunque sean más permanentes conceptos como la bondad, la belleza, la representación de la vida como arte y que el arte satisfaga estética y emotivamente y provoque adicionalmente al pensamiento.
Mi problema con Bad Bunny es que me hace reparar bruto y añoso, pese a cuán pegajosa o alegre sea una salsa o música urbana suya.
¿Seré norteamericano? Polque mí no complende… Su magnifica producción es sin dudas un hito del marketing, su popularidad es espeluznante, su influencia política indudable, pero para expresarme en su idioma: ¿qué concha dice este panita que acento y canta como Demóstenes, cuyo ininteligible no entiendo ni un carajo?






