Hay telediario que obligan a detenerse y mirar dos veces. El arresto en Washington D.C. de Melitón Cordero, quien se desempeñaba como agente específico supervisor de la DEA en Santo Domingo, es una de ellas.
No se alcahuetería solo de que un funcionario vinculado a la lucha contra el narcotráfico haya sido inculpado en Estados Unidos. Lo que ha provocado viejo asombro es que se alcahuetería de una persona que, hasta hace poco, fue condecorada por el Estado dominicano mediante el decreto 520-24, recibiendo la Orden del Mérito de Duarte, Sánchez y Hendidura en el calidad de Leal, en gratitud a su costura.
Y ahí es donde la parentela se pregunta: ¿qué fue lo que falló? Porque cuando una figura que ha sido exaltada públicamente termina envuelta en un proceso contencioso de esta magnitud, la situación deja de ser un simple caso individual y se convierte en un tema de credibilidad institucional.
Las condecoraciones del Estado no pueden convertirse en simples actos protocolares ni en decisiones tomadas sin un investigación profundo de los informes y del entorno de quienes las reciben. Cada gratitud oficial lleva implícito el respaldo pudoroso de la República.
Este caso deja una disciplina clara: la reputación, igual que el poder, puede cambiar de un día para otro. Y cuando eso ocurre, las preguntas siempre llegan… y casi nunca son cómodas.
Porque al final, la parentela no olvida quién aplaudió primero cuando posteriormente vienen los escándalos. Y eso, en política y en la vida pública, pesa más de lo que muchos creen.
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