
Julio Santana | Foto: Julio Santana
En siglo pasado la clase media fue la fuerza silenciosa que impulsó los grandes cambios políticos y culturales. Su comienzo se enlaza con la aristocracia agotada y las masas populares, particularmente los trabajadores mejor renumerados. Su fuerza motriz residió en la fe en la educación, el mérito, el trabajo estable y la estabilidad política. Fue ella quien impulsó y defendió las ideas del progreso, las reformas liberales, los movimientos estudiantiles, la fundación e influencias de muchos partidos de izquierda, y los sueños de conciencia social.
Estaba presente de guisa significativa en las aulas universitarias, periódicos, sindicatos y en las acciones que pretendían la perfección institucional. Fuimos testigos de su energía cívica que transformó dinámicas urbanas, resultando que su ética profesional dio legalidad a los Estados modernos. Esa clase media creía en la posibilidad de alcanzar el bienestar sin derribar gobiernos.
Un trascendental signo distintivo de la clase media era su fe casi religiosa en la educación como palanca de movilidad y en el Estado como aparato de bienestar. Entre sus títulos podemos distinguir la disciplina, la racionalidad, el enfoque y la moderación.
Siendo su horizonte esencialmente doméstico, su anhelo, en genérico, se mostraba moralmente contenida. Tenía plena conciencia de que la desafío a un medra rápido no tenía mucho sentido, a menos que circunstancias excepcionales lo permitieran. La distinción y el respeto se ganaban con esfuerzo sostenido, estando el progreso en función de la estabilidad institucional. Su modo de realizar podría definirse más acertadamente como reformista, no como revolucionario, aunque muchos de sus representantes, con ideas de transformación más radicales, podían ser miembros activos de partidos de izquierda (no de lo que ahora se califica como tal).
La clase media en su élite de descubierta sabía que el medra era tranquilo, que el respeto se ganaba con esfuerzo y que el progreso dependía de la estabilidad institucional. Su modo de realizar era reformista más que revolucionario. Una de sus grandes virtudes fue su confianza en la palabra escrita que, obviamente, no vigilante ninguna relación con las caos de la contemporaneidad. Declaraban tener confianza en el voto y en voluntad de las asociaciones. Sin duda, fue el sujeto histórico del civismo y de la mesura.
El principio del fin de esta clase media empezó a resquebrajarse con la globalización, las profundas crisis financieras y el derrumbe de las certezas materiales. Cuando la meritocracia perdió sentido como consecuencia de que los títulos dejaron de avalar empleo y los salarios no alcanzaron para sostener el estilo de vida que simbolizaba su apogeo, la clase media vio minarse su poder no notorio. La concentración de las riquezas se hizo evidente y abusiva, los Estados fueron usurpados por élites desprovistas de sentido nacionalista, no teniendo ellas más motivación que la acumulación desmedida y los onerosos negocios con el Estado. Éste perdió su en tiempos remotos capacidad de redistribuir riqueza, con todos sus defectos, en un contexto en que la movilidad social se tornaba en un espejismo
Las élites concentraron riqueza, los Estados perdieron capacidad de redistribución y la promesa de medra se volvió un espejismo o una posibilidad sin horizontes. La ansiedad, el sobreendeudamiento y la fragmentación política, en medio del proceso de anexión enraizado en la nueva dinámica total, sellaron su destino. De motor de los cambios pasó en unas décadas a ser una de las principales víctimas de las nuevas agendas globalistas.
Fuente: www.lagaceta.com.ar
Fue de esa fractura, de esa contradicción entre las urgencias de una reconfiguración radical inducida en los ámbitos sociales, económicos y psicológicos, y el discurso transformador, nacionalista y moralista de la clase media, que surgió un nuevo sujeto histórico que ya empieza a habitar su antiguo sitio de conciencia crítica. Es la coexistentes Z, que podemos aclarar en un primer intento como un conjunto disperso y múltiple de jóvenes que no poseen patrimonio, riquezas desbordadas ni influencias directas en los engranajes del poder.
No obstante, muestran el arsenal formidable del ataque al conocimiento y a la tecnología, siendo su caudal no financiero sino simbólico. Como hemos señalado, su espacio natural no es el despacho, los gremios, los clubes, las juntas de ciudadanos con algún propósito egregio ni las asambleas, sino la red. Desde ese espacio intangible se relacionan con millones, denuncian, organizan y crean nuevas formas de poder social. Su habla puede no resultar correcto, es esencialmente diferente, pero es directo, sabiamente objetivo y certero, punzantemente irónico y, sobre todo, menos solemne. No podríamos comparar una proclama de la clase media de ayer, escrita en habla correcto y culto, con las formas de expresión de la coexistentes Z. Tenemos de consuelo que nuestros actuales inquisidores en el fondo buscan lo mismo que sus antecesores, esto es, un orden más ajustado y una sociedad más aseado.
Por desgracia, la ojeada y el publicación como herramientas de formación pasaron a mejor vida. Los revolucionarios de hoy confían en el video breve y en la viralidad. Las manifestaciones hoy se organizan con hashtags y grupos encriptados, sin perder de paisaje los memes que sintetizan una crítica entera en una imagen. Somos de la convicción de que no se prostitución de un cambio de títulos, sino de un visible cambio de habla. Su estructura simbólica no es la de la clase media, nuestra heroína del siglo XX, si acertadamente la aspiración ética permanece. Nuestros pequeños burgueses pretendían medra y la estabilidad, mientras la coexistentes Z sueña con sobrevivir sin renunciar a la dignidad.
Ahora la movilidad de una y de otra se contraponen: la primera estuvo inclinada al movimiento erecto; la otra se inclina por la solidaridad horizontal. Entre los objetivos revolucionarios de la clase media figuraba la integración al sistema; los jóvenes Z no pretenden entrar, apuestan a una interpelación eficaz desde tribunas ocultas que están en todas partes. Factores comunes entre ambas son el idealismo y el cansancio, pero el demarcación de los pleitos ha cambiado radicalmente. Ahora no es la confianza en la ley lo que prevalece, es la visibilidad. Los magníficos manifiestos fueron sustituidos por la viralización de las injusticias.
Somos testigos de un cambio en la forma de entender la política y la guisa de desempeñar la ciudadanía. La coexistentes Z sondeo fiscalizar el poder, no ocuparlo. Desconfía de los liderazgos verticales y de las promesas huecas, exponiendo el desmán mediante una conexión inmediata con los pares. Su estructura se sienta sobre agravios compartidos y sus redes pasan a ser reales cuando esos agravios se acumulan.
El siglo XXI podría ser el de la pubertad hiperconectada, crítica, impaciente y total. La historia no suele repetir protagonistas, pero advertimos que se conservan los impulsos transformadores de la clase media. Una coexistentes entera traduce su deseo de conciencia en obra colectiva.
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