
Miniatura de Julio Santana
Somos testigos de un despertar inesperado de la engendramiento Z (adultos menores de 30 primaveras), una irrupción que anuncia un cambio profundo en el planisferio del protagonismo social. Nacida entre la inmediatez digital y la desilusión democrática, entre el fraude a la voluntad popular en las urnas y la degradación pudoroso de los liderazgos, esta engendramiento pasa de objeto de estudio a sujeto de transformación.
Lo que fueron diagnósticos y estadísticas sobre hábitos y lenguajes juveniles hoy se vuelve energía política, vistazo crítica y nuevas formas de bono colectiva. Su estructura luce espontánea, sin jefaturas visibles, y aun así se expande con una razonamiento que desconcierta a los viejos sistemas de control. Creemos que, en su simbología, su modo de comunicarse y su disposición al peligro se gesta una reconfiguración del poder y de la protesta que desborda fronteras.
Con estas entregas proponemos tres reflexiones sobre esa mutación silenciosa que ya desborda los moldes del orden político tradicional, derrumba regímenes que prometen, incumplen y se enriquecen, e infiltra con igual intensidad la civilización y la conciencia colectiva del siglo XXI.
Primera consejo. Hablamos de los nacidos entre mediados de los noventa y los primeros primaveras de 2010. Crecieron cuando la red dejó de ser novedad y se volvió medio. A diferencia de las generaciones que debieron adaptarse al torrente tecnológico, ellos nacieron en el mareo digital, socializando en la pantalla. Su vida cotidiana se ordenó más o menos del teléfono inteligente, las plataformas y un caudal incesante de información.
Durante al menos cuatro décadas del siglo pasado, la conectividad se limitó a radiodifusión, telefonía fija, prensa y televisión, medios que imponían pausas y jerarquías que modulaban el conocimiento y los vínculos. Nosotros atravesamos el arduo enseñanza de la acoplamiento, entre asombros y fatigas. El cambio fue preciso y fascinante, pero todavía desbordante.
En cambio, la engendramiento Z se formó en un espacio sin fronteras, de comunicación simultánea, horizontal y envolvente, y a veces adictiva. Su socialización transcurre en una interrelación constante, casi de servidumbre subconsciente asumida con ciudadanía. Allí donde los datos se registran mejor, destacan heterogeneidad, inclusión y llegada masivo a la educación superior. Todo indica que podrían ser la cohorte más instruida de la historia.
Para esta “clase social universal” la tecnología no fue descubrimiento sino entorno. Es su jerga materna, el mar fiero en el que no hubo que estudiar a nadar y en el que nacieron. Desde temprano convirtieron la multitarea en práctica, moviéndose con soltura entre chats, videos breves, transmisiones en directo y foros.
Esa campechanía, que parece superioridad evolutiva o democratización del conocimiento, convive con un costo silencioso. Numerosos estudios asocian sobreexposición informativa, presión por rendimiento y comparación constante con oleadas de ansiedad y sofoco mental. De ahí que la salubridad emocional sea hoy un tema central, no un tabú. La franqueza con que muchos hablan de su malestar, sin miedo ni vergüenza, es un característica extraordinario y quizá una de sus fortalezas más humanas. Están allí de la caricatura frívola. Su relación con boleto y trabajo se forjó viendo la precariedad y sufriendo las crisis familiares, por lo que tienden al pragmatismo, valoran la flexibilidad y buscan sentido antiguamente que salario.
Su rebeldía refleja una preferencia por organizaciones afines a sus títulos, con propósito, opciones reales y coherencia ética. Les incomodan las jerarquías lentas y las trayectorias rígidas que ya no resultan verosímiles. Es crucial que la autenticidad sea su nueva forma de prestigio.
Su universo simbólico es vertiginoso y visual. El meme vuelve la ironía un idioma, el videojuego enseña cooperación y competencia, el anime y el streaming —transmisión de audio o video por internet en tiempo actual— derriban fronteras y crean comunidades globales. Para quienes fuimos educados en la cachaza de la palabra escrita, ese código puede confundirse con frivolidad, cuando en ingenuidad condensa argumentos complejos y moviliza multitudes en minutos.
Entre inmediatez y saturación se forja una ética de la autenticidad que castiga la impostura y premia la coherencia. En esa zona luminosa florece todavía la sombra, con yuxtaposición a la fuerza, agotamiento por sobreexposición y una fracción que se extravía en la simpleza y la banalidad. Toda engendramiento paga un precio por su jerigonza. La mía lo pagó con mordaza, persecución y encierros ignominiosos sin causa. La de ellos, nacida bajo el pesquisa de todos, lo paga en soledad y descarnada transparencia.
En la vida pública no se entusiasman con etiquetas tradicionales ni con partidos, pero reaccionan con firmeza en presencia de la injusticia, la corrupción y el destrucción de los servicios esenciales. Su desconfianza en dirección a el discurso sin hechos, tan corrosivo en nuestras sociedades, es palpable. Frente a esa impostura, organizan protestas con creatividad digital y sorprendente coordinación comunitaria. Lo que interpretamos como apatía era resistor silenciosa en presencia de estructuras que no los representaban.
Esa distancia, sostenida por primaveras, hoy se convierte en bono en las calles de Katmandú en Nepal, Yakarta en Indonesia, Limatón en Perú, Rabat en Marruecos y Antananarivo en Madagascar, por ahora.
ZDigital no se hace responsable ni se identifica con las opiniones que sus colaboradores expresan a través de los trabajos y artículos publicados. Reservados todos los derechos. Prohibida la reproducción total o parcial de cualquier información gráfica, audiovisual o escrita por cualquier medio sin que se otorguen los créditos correspondientes a ZDigital como fuente.






