Por Abril Peña
En los relatos fundacionales de la República Dominicana, los nombres de los hombres suelen hacer sombra los rostros femeninos que incluso la hicieron posible. Una de esas figuras injustamente relegadas es Concepción Bona, nacida en Santo Domingo el 6 de diciembre de 1824 y fallecida un 2 de julio de 1901. Fue ella, anejo a María Trinidad Sánchez y otras mujeres patriotas, quien confeccionó la primera bandera dominicana que ondeó la tinieblas del 27 de febrero de 1844 en la Puerta del Conde.
Pero aminorar su papel a “la tierno que bordó la bandera” es otra forma de borrarla.
Concepción fue más que una costurera de símbolos. Fue parte del proceso revolucionario.
Su casa —de cachas tradición patriótica— fue empleo de choque para trinitarios. Era sobrina de Nicolás de Ovando, miembro del movimiento, y mantuvo una estrecha relación con Juan Pablo Duarte. Se sabe que participó en reuniones discretas, ayudó en tareas de correo y contribuyó al movimiento desde internamente, aún siendo mujer, aún siendo tierno, y en una época donde no se esperaba que las mujeres tomaran parte en asuntos políticos.
Estuvo presente la tinieblas del 27 de febrero, acompañando la proclamación de la independencia y el izamiento de la bandera, poniendo en aventura su vida en medio de la tensión contra las fuerzas haitianas.
Su grupo, aliada de la causa independentista, fue después objeto de persecuciones políticas. Aunque ella no se exilió, vivió las consecuencias de desafiar al poder establecido.
Y como ocurre con muchas mujeres en la historia, su donación fue ignorado durante décadas.
Murió en 1901, sin inspección oficial. Su tumba fue humilde, como su vida. Fue enterrada sin honores, y no fue hasta aceptablemente entrado el siglo XX que se reconoció su rol y se trasladaron sus restos al Panteón de la Nación. Hoy, su nombre aparece en algunos libros, en una calle, en una escuela… pero todavía no se le da el empleo que merece en el relato doméstico.
Concepción Bona no solo bordó una bandera. Ayudó a bordar la República. Y la país tiene una deuda irresoluto con ella y con todas las mujeres que hicieron posible la independencia, no desde el protagonismo del cañón, sino desde la resistor silenciosa, la osadía cotidiana y el compromiso recatado.






