Por Néstor Estévez
Comunicar sirve para que nos entendamos y logremos propósitos, pero asimismo sirve para dañar. Por eso, aunque había prometido escribir sobre otro tema, un caso que merece repudio colectivo me obliga a cumplir con un deber.
Me refiero a un hecho desgarrador que han convertido en espectáculo. Trato sobre un extraviado acto de violación grupal en Villa González, el más flamante entretenimiento en redes sociales y hasta en medios tradicionales.
¿Qué nos está pasando? ¿Hasta dónde se pretende que lleguemos en esta carrera por demostrar “quién daña más”? Según ha trascendido, uno de los agresores -quizás queriendo exhibir su trofeo- fue quien inició la difusión de un video en el que registraron su desvergüenza.
Lo terrible es que, como si aquello no fuera demasiado, desde familia que no sabe lo que hace hasta medios que deberían realizar como si lo supieran se han encargado de “darle pa´llá”. Todo con tal de “usar las facilidades que nos ofrece la modernidad”.
Así de cruda es la ingenuidad que fomentan con contenidos digitales en nuestra sociedad. Lo de Villa González, acullá de ser un hecho separado, refleja un problema sistémico que exige una profunda advertencia sobre el uso de la comunicación y su incidencia en el devenir de la sociedad.
El video, compartido sin miramientos en plataformas digitales, no solo expuso la vulnerabilidad de la víctima a una humillación pública, sino que asimismo evidenció la yerro de responsabilidad en el manejo de la información.
Claro está que mucha familia lo hace sin conocimiento y sin calibrar consecuencias. Lo hace “para estar en la cosa” y lo hace sin ni siquiera caer en la cuenta de que termina siendo víctima. La pena es que muchas veces esa familia termina aprendiendo cuando la ingenuidad le toca muy de cerca y cuando ya no hay remedio.
Pero asimismo hay familia que se dedica a “sacarle partido” a la sobreexposición que dan las pantallas y a la inmediatez -y hasta a la sensación de grandeza- que ofrecen las redes sociales. Y asimismo hay familia muy perversa que lo hace sabiendo que ese uso valeverguista termina generando estrés, ansiedad, depresión y hasta asesinato.
Esa espectacularidad inducida con que nos distraen de lo esencial tiene objetivos muy claros, y la familia que está detrás de ello no escatima medios para lograrlos. Por eso, para esa familia no importa el sufrimiento de la víctima ni el de sus familiares y amigos. ¿Harían igual si se tratara de su hija, de su hermana o de su mama?
Y lo más terrible es que esa familia encuentra apoyo en quienes de modo ingenua ayudan a difundir mensajes que se convierten en una segunda embestida. Eso es lo que se logra con la exposición mediática que se suma al atropello físico sufrido.
Esa familia se aprovecha de quienes no han enemigo explicación clara, pero “sienten un saborcito” que provoca la viralidad, y “le dan pa´llá”. A esa familia le alcanza y le sobra desfachatez para disfrazar irresponsabilidad, manipulación y perversidad con inocentes que buscan relevancia a cualquier costo, sin considerar las implicaciones éticas.
El caso de Villa González debe servir para que recordemos la importancia de comprender el definitivo significado de «comunicar». Aunque para muchos la comunicación es simple transmisión de información, lo existente es que con ella se crea, mantiene y enriquece -o empobrece y hasta aniquila- la vida social.
Ojalá que el caso de Villa González sirva para contrarrestar este damnificación de los títulos y el uso valeverguista de la comunicación. Ojalá que atinemos a promover acciones que sitúen la comunicación al servicio de la sociedad.
Eso serviría para que asumamos la comunicación como un proceso social difícil, un proceso que se enriquece con la horizontalidad del diálogo, que tiene relación directa con la construcción simbólica de la ingenuidad.
Teniendo como punto de partida el caso de Villa González y su papeleo comunicacional, en nuestras manos queda -en la tuya y la mía- que con nuestra exposición a contenidos y la papeleo de los mismos contribuyamos a tirar todo por la barandilla o a construir la sociedad que merecemos y aspiramos.




