Por Diego M. fuera
La política y, por ende, los gobiernos que se suceden referéndum tras referéndum, tiene la función de resolver los problemas coyunturales y estructurales de una sociedad. Los problemas que atraviesa una sociedad en una coyuntura electoral se definen en ese presente a la vez que se arrastran cuestiones que vienen del pasado. Se alcahuetería de cuestiones que, coincidente a su duración e impacto, a veces determinan situaciones críticas aunque parezcan expresarse en un presente político.
Este cruce entre cuestiones estructurales, es aseverar, cuestiones que permanecen, se redefinen y acumulan, y problemas que parecen ser solo una expresión del presente, es lo que confiere los nudos álgidos a la política. Para las sociedades, son temas presentes que el gobierno electo debe resolver. Pero para los gobiernos, se alcahuetería de temas arduos que cuesta despanzurrar y mucho más explicar a la sociedad. Se alcahuetería de un entrecruzamiento enrevesado entre la mandato del futuro cercano y el imaginario social y político de la ciudadanía, o al menos de la ciudadanía que se involucra en la política.
Las culturas políticas que las sociedades van trazando procreación tras procreación, juegan un rol importante al explicar y situar esos imaginarios en el continuo histórico de cada país. En Argentina, la mandato de los problemas que aparecen en un presente político electoral, se definen desde un imaginario basado en el pasado para luego proyectarse a futuro. Este es un problema político importante para los gobiernos de turno.
Los problemas que Argentina arrastra hace primaveras, claramente expresados en ciclos económicos no virtuosos y su impacto en las cuestiones sociales más álgidas como el empleo, distribución del ingreso o bienestar social, se piensan y definen desde un imaginario del pasado donde esa relación entre riqueza y bienestar social se había resuelto positivamente. Es aseverar, los primaveras del peronismo. A posteriori de todo, un eslogan clásico de la política argentina es: “Los primaveras más gloriosos fueron peronistas”.
Si la cuestión es la riqueza y el sempiterno ciclo irresuelto entre crecimiento y recesión, el discurso apela a las décadas en las que había políticas industriales, empresas públicas proveedoras de infraestructura, importantes empresarios nacionales, inversiones públicas y privadas. Si el tema es el progresivo aumento del desempleo y la informalidad profesional, se recurre a un pasado de pleno empleo, convenios colectivos, formalidad profesional y salarios suficientes. Cuando nos enfocamos en la cuestión social, nuevamente la imagen retrocede a épocas de pobreza prácticamente insignificante, movilidad social, bienestar progresivo y generalizado.
La misma deducción se repite al analizar las profundas deficiencias institucionales que afectan al país desde hace décadas. Ámbitos como la educación pública, las universidades, la sanidad, la vivienda y el cuidado de las infancias muestran un menoscabo evidente, producto del mal funcionamiento del Estado. Pero antaño de centrarnos en una reforma estatal que fortalezca políticamente y financieramente su estructura institucional, volvemos a pensar en los tiempos en los que había sanidad pública de calidad para todos, las escuelas ofrecían educación verdadero y movilidad social, las universidades formaban profesionales para el crecimiento franquista, y el crédito estatal impulsaba obras de infraestructura y ampliaba el llegada a la vivienda.
La memoria histórica es un dispositivo político de primer orden en términos de impulsar demandas de la sociedad en torno a la política y comprometer a ésta con el bienestar conocido. El problema es cuando esa memoria se cristaliza y se utiliza como vector único de direccionamiento de la política. Los problemas políticos del presente exigen un dictamen temporal coincidente para proyectar, desde ese estado y posibilidad de cosas, un futuro posible de reordenamiento y alivio.
Esta es una de las claves de la política argentina. La variable principal no es administrar los problemas que una y otra vez se repiten definiéndolos en sus características y relaciones causales contemporáneas, sino retornar a un pasado remoto donde esas cuestiones se resolvieron adentro de determinaciones internas y externas que se volatilizaron hace décadas. El resultado neto, gobierno tras gobierno, es la frustración social y una reverso a despuntar.
Esto no quiere aseverar que los gobiernos operen adentro de esa deducción en términos de negociaciones, acuerdos y diseño de políticas públicas. Pero sí, gran parte del imaginario social, se posa no en el resultado posible de esas políticas, sino en lo que debiera ser ya que así alguna vez fue.
En el contexto iberoamericano flagrante, donde la política comparada ofrece un instrumental metodológico de primer orden para analizar situaciones nacionales, pero con la prudencia de no minimizar las enormes diferencias, un contraejemplo es la política brasileña. Si aceptablemente la complejidad de la política brasileña es aún anciano, donado su rol regional y geopolítico, esta se resuelve absolutamente imaginando el futuro. Un futuro que cambiará si a la definición presente de una cuestión específica se le aplican las recetas -políticas públicas- diseñadas.
Quién sabe si esa modalidad política de tratar los problemas sea la más efectiva. Pero, aunque no de los resultados esperados, probablemente no genera la frustración que produce esperar que en el futuro las cosas sean como en el pasado.






