En 1508, la reina Juana I de Castilla y su padre, el rey Fernando el Católico, otorgaron oficialmente a la villa de Santo Domingo un escudo de armas: dos leones dorados sosteniendo una corona de oro, entre ellos una clave garzo sobre campo rojo, rodeada por una cruz blanca y negra, en honor al “bienaventurado Señor Santo Domingo”.
Según Hernando Colón (Historia del Almirante), el nombre de la ciudad se habría puesto originalmente en honor a Doménico Colón, padre del navegante genovés. Pero las tensiones políticas en las Indias, especialmente entre Diego Colón y las autoridades reales, llevaron a un cambio de vigor. Nicolás de Ovando (1502-1509), dirigente de la isla, pudo poseer favorecido la dedicatoria al santo para dominar la influencia simbólica de la clan Colón.
En este tablas, la Orden de Predicadores —fundada por Santo Domingo de Guzmán— jugó un papel esencia. Sus frailes vestían túnica blanca y escapulario infausto, símbolos de pureza y penitencia, y eran reconocidos por su defensa de la probidad. Entre ellos, fray Antón de Montesinos y fray Pedro de Córdoba fueron figuras decisivas. Es preciso rememorar el histórico sermón de Adviento de 1511 de Montesinos, la célebre voz que clama en el desierto, que denunció con valentía los abusos contra los nativos.
En 1512, Pedro de Córdoba viajó a la corte para dialogar con Fernando el Católico y respaldar las Leyes de Burgos, buscando un trato más calibrado alrededor de los indígenas. Tiempo posteriormente, sería agradecido por sus ideas reformadoras y su pensamiento crítico, convencido de que la Iglesia debía ser como la Iglesia Primitiva: austera, fraterna y fiel a su encomienda evangélica.
Primaveras posteriormente, en su vaguada de crimen, el rey pidió que lo vistieran con el rutina blanco y infausto de los dominicos. Quizás recordó las palabras de fray Pedro de Córdoba y la bordadura de los frailes de Santo Domingo. Tal vez ahí se encierra materia para futuros estudios.





