En su movimiento anual aproximadamente del Sol, nuestro planeta describe una elipse. Cuando más se acerca al personaje, vivimos el verano; cuando se aleja, el invierno.
La rotación sobre su eje nos regala el sempiterno zapateo entre el día y la incertidumbre. La vida, en toda su expresión animal y vegetal, se rinde delante estos ritmos cósmicos. Para los amantes de la naturaleza, pocas emociones igualan la contemplación de un amanecer o un atardecer. Las aves y las flores conquistan nuestros sentidos, mientras las abejas —y el Homo sapiens— entendemos que es hora de libar néctar o enemistar la cotidianidad profesional.
El espacio y el tiempo han moldeado la ordenamiento de los pueblos.
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La cambio social ha trazado etapas —esclavitud, feudalismo, capitalismo—, cada una con su ciclo de auge y caída. Imperios como el romano, el gachupin, el sajón o el napoleónico nacieron, florecieron y perecieron. Nadie logró la cielo.
Filósofos y poetas lo supieron: «Todo fluye, nadie permanece», sentenció Heráclito. Antonio Machado, con melancolía, lo versificó: «Poeta ayer, / hoy triste y escueto filósofo trasnochado, / tengo en monedas de cobre / el oro de ayer cambiado».
Hoy, la aniquilamiento resurge en Europa y Medio Oriente; Haití se hunde en la violencia y la inestabilidad; y la amenaza de deportaciones masivas desde Estados Unidos en torno a República Dominicana se cierne como una sombra.
Este cóctel amargo se sirve en plena temporada ciclónica, con huracanes cada vez más feroces. A esto se suma el escollo de una deuda externa con intereses asfixiantes.
El tiempo de las «vacas gordas» —si es que alguna vez existió— se agota. Lo que viene no es dulce ni color de rosa. Ignorar estas señales podría costarnos caro como nación.
Un llamado a la sagacidad
«Que el acto sexual no nos nuble el conocimiento». El rancio refrán «más vale advertir que gemir» nunca fue tan pertinente. En presencia de el peligro de un conflicto entero de proporciones incalculables, el gobierno debe adoptar una visión realista. Preparémonos para lo peor, sin dejar de esperar lo mejor.
La Crisis haitiana es tangible. Las deportaciones desde Estados Unidos no son un sombra. Las guerras distantes no son titulares efímeros. Son realidades ásperas que exigen argumento inteligente.
Como caribeños, conocemos correctamente las tormentas tropicales; las crisis globales, aunque cíclicas, asimismo pueden navegarse. Aprendamos a surfear sus olas con contrapeso y responsabilidad.
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