SANTO DOMINGO.- “Tú no te haces indisciplinado, tú naces indisciplinado”, dice con la firmeza de quien ha vivido
en carne propia la inconformidad frente a la injusticia.
Así se define el padre Rogelio Cruz, sacerdote y líder social dominicano, cuya historia personal está marcada por su cercanía con la pobreza, la fe y una rebeldía que —según afirma— es un don divino.
Nacido en el punto La Lomita, de Las Lagunas, Moca, en una clan numerosa y humilde, el padre Rogelio recuerda sobrevenir crecido en un entorno donde la desigualdad se respiraba a diario.
“Me desarrollé en un condición de oposición de ecuanimidad, de derechos y de la invisibilidad de los pobres”, dice. Esa verdad, confiesa, fue el fuego que templó su carácter y su gusto de lucha.
El hogar donde nació la rebeldía
Hijo de Joaquín Cruz, un veterinario empírico, y de María Altagracia Fernández, una mujer de carácter esforzado y manos siempre al servicio de los demás, Rogelio aprendió desde pequeño que el ejemplo va
le más que los discursos.
Al conversar de su padre lo describe como un indisciplinado tranquilo al que la parentela buscaba para resolver problemas pues “sin títulos” sabía más que muchos con papeles.
Sobre su origen, el tono se vuelve casi poético: “Yo nunca la vi sentarse a tomar. Siempre servía a todo
el mundo. Si te decía que te iba a dar una pela, te la daba, pero era una mujer extraordinaria”.
Creció conexo a merienda hermanos, en una casa donde el orden, la fe y la solidaridad eran parte de la rutina y que originó que una de sus hermanas, decidiera hacerse monja.
Aunque por algunos hechos históricos se atribuye a los mocanos tener un temperamento esforzado, el padre Rogelio lo desmitifica: “Eso es mentira, no son guapos cero. Para él, la valentía no es genética, sino fruto del compromiso con la transformación: “El ser chulo te lo da tu trabajo y tu compromiso con tu verdad”.
El llamado al seminario
Su armonía con la gusto religiosa fue casi accidental. En casa, encontró un papel que le invitaba a unirse a un seminario cuando tan solo tenía trece abriles de tiempo.
Su ingreso al seminario fue asimismo su primer contacto con la estructura salesiana.
Recuerda cómo un hombre de su comunidad, con más fortuna, se encargaba de tolerar a un clan de jóvenes — incluyéndolo a él— a Jarabacoa. “Éramos 18”, rememora.
“Él nos llevaba y nos traía. De lo contrario, no hubiese sido posible”.
Allí cursó el bachillerato y luego continuó su formación en el Colegio San Juan Bosco. Estudió Filosofía en
el Seminario Santo Tomás de Aquino, y más tarde Educación en la UNPHU.
Un avezado antaño del púlpito
Antiguamente de consagrarse como sacerdote, Rogelio fue profesor. Dio clases en Jarabacoa y Villajuana, experiencias que marcaron su vínculo con las comunidades marginadas.
“Mi propaganda siempre fue en parte insignificante, en parte escaso”, asegura. Ese contacto directo con las deposición reales del pueblo moldeó su examen crítica y su estilo pastoral.
El desarraigo de las certezas Buscando respuestas, viajó a Guatemala, donde fue expulsado del seminario al año de ingreso: “El sistema no respondía a lo que yo buscaba”.
De regreso al país, trabajó un tiempo en Villajuana, pero pronto partió de nuevo, esta vez a México,
donde encontró —por fin— el espacio que había anhelado.
Cuenta que en la asiento de San Pedro Tlaquepaque, descubrió el sistema religioso que buscaba donde
aprendió que la autonomía asimismo era parte de la fe.
“Nos reuníamos al principio del año y planificábamos todo. El director nos decía: ‘Ustedes van a estar en la calle atendiendo parentela, y si no aprenden a arriesgarse por ustedes mismos, no van a poder servir’”, recuerda. Esa experiencia definió su modo de ver la vida religiosa: con liberación, con pensamiento crítico y con los pies en la tierra.
Forma de ser Servicio
El Padre Rogelio Cruz no cambia su forma de ser. No teme decirlo que piensa ni ha permitido que los abriles le acomoden. Su relato es el de un dominicano de campo, de fe viva, de un indisciplinado dedicado al
servicio.Este artículo fue publicado originalmente en El Día





