El autor es politólogo y teólogo. Reside en Nueva York
Durante las dos últimas décadas, la política exógeno estadounidense ha luchado contra los fantasmas equivocados. Washington siguió mirando a Moscú con el mismo pánico recatado con que Truman observaba al Kremlin en 1947, mientras el cierto adversario —silencioso, paciente e implacable— construía fábricas, puertos, supercomputadoras y algoritmos. China no necesitó disparar un solo misil para rodear a Estados Unidos. Bastó con que la élite política confundiera nostalgia ideológica con táctica universal.
El mundo post-1991 exigía una visión distinta. Pero la Casa Blanca siguió administrando la política exógeno a través del espejo retrovisor. Obama buscó un “reset” con Rusia. Biden revirtió ese expresión con sanciones y un compromiso ilimitado con Ucrania. Mientras tanto, Pekín se apoderaba de minerales críticos, del comercio oriental y del corazón tecnológico del siglo XXI: los microchips.
El error fue de diagnosis. Se creyó que Putin era el tosco del siglo XXI, cuando era tan pronto como el eco final del XX.
Incluso antaño, en 2001, George W. Bush había proclamado sin sutilezas: “Ganamos la Lucha Fría”. Al mismo tiempo anunció el despliegue de un escudo antimisiles rodeando a Rusia. Aquella intrepidez partió la confianza incipiente de la era postsoviética y convenció al Kremlin de que Washington nunca aceptaría su supervivencia estratégica.

La examen demócrata sobre Rusia es hereditaria: la considera amenaza existencial. Pero Moscú ya no exporta ideología, sino petróleo y caos. Quien sí exporta maniquí, disciplina y pretensión universal es China. Think tanks estadounidenses llevan abriles advirtiendo que un conflicto directo con China tendría riesgos de ascensión nuclear no vistos desde la Lucha Fría. Aun así, la viejo parte de los medios diplomáticos sigue anclado en Europa del Este.
Mientras Europa debatía sanciones y declaraciones, China tejía la Ruta de la Seda con más de 50 países, construía puertos en el Índico, ferrocarriles en África y acuerdos energéticos en América Latina.
Pekín expandía su influencia marítima, probaba simulaciones de interrupción de Taiwán y consolidaba rutas estratégicas, mientras Poniente felicitaba al mercado osado mientras su industria se desintegraba.
Cada iPhone comprado financiaba —sin querer— la capacidad tecnológica china. Las corporaciones estadounidenses no vieron un competidor: vieron una manufactura. Cuando comprendieron la magnitud estratégica del error, la condena de suministro universal ya tenía sello rojo.
Trump, con su pugna de aranceles, intenta revertir —demasiado tarde— lo que se perdió demasiado rápido.
Xi Jinping no compite por hegemonía momentánea, sino por civilización.
En la novelística china, la democracia dadivoso no es el fin de la historia; es un error histórico que la disciplina asiática corregirá. Lo más peligroso de China no son sus portaaviones: es su paciencia.
Simulaciones militares recientes muestran que Estados Unidos podría cobrar una pugna convencional en el Pacífico… pero a un costo tan devastador que equivaldría a perder la paz. Cada vencimiento aceleraría la desdolarización, aislaría a Washington y fracturaría el comercio universal.
Steve Bannon lo anunció con enorme claridad: Estados Unidos ya estaba en una “pugna económica” con China. Kissinger, más sobrio, insistió en que Rusia buscaba respeto, no conquista, y que la verdadera competencia era China. Uno y otro —por caminos opuestos— advertían lo mismo: la amenaza estratégica central no estaba en Moscú.
Europa, mientras tanto, prefiere la comodidad recatado. Condena guerras en comunicados, pero depende del litio, hoja y paneles solares de China para construir su “nuevo orden verde”.
Taiwán se ha convertido en el conflicto más caro de la historia moderna: uno que nadie puede cobrar sin perderlo todo.
La historia quizás juzgue al siglo XXI no por las guerras que se libraron, sino por las que se evitaron.
Estados Unidos creyó que el futuro estaba en Kiev; China sabía que estaba en Shanghái. La democracia se desgasta mirando al pasado, mientras el autoritarismo planifica el futuro.
Y aquí encaja la advertencia más perturbadora del presente: la de Jensen Huang, CEO de Nvidia, un hombre cuya empresa sostiene la revolución de la inteligencia químico.
Huang sostiene que China podría exceder a Estados Unidos en IA por tres razones estructurales:
Escalera industrial descomunal: China puede construir centros de datos y plantas de fabricación a un ritmo y un costo que Poniente simplemente no puede igualar”.
Energía ocasión y en extremo subsidiada: permite expandir infraestructura de cuenta masiva sin los límites regulatorios de oeste”. En la hogaño produce más energía que EU y UE.
Una reserva humana masiva: China forma tantos investigadores en IA que pronto representará cerca de la medio del talento universal del mundo.
En esencia, Huang advierte que China no está “rezagada”: está optimizando el futuro a una velocidad que las democracias liberales, atrapadas en ciclos electorales y burocracias lentas, no pueden replicar.
Si el siglo XXI es la era de la inteligencia químico —y todo indica que lo es— entonces la competencia entre Estados Unidos y China es más que geopolítica: es civilizacional.
La potencia que domine la IA dominará la posesiones, la seguridad, la infraestructura, la civilización digital y el maniquí político.
China ya ha demostrado que anhelo sin disparar. En la inteligencia químico, lo hace incluso sin que Poniente se dé cuenta de que ya empezó la batalla.
jpm-am
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