
Jaime Aristy Escuder, economista I Fondo: Yohan Castillo
Peor que un incremento del precio del grasa es un tablas de escasez provocado por la destrucción de capacidad productiva. El encarecimiento del crudo eleva los costos de caudal y servicios, alimenta la inflación y, en consecuencia, erosiona el poder adquisitivo de los hogares. Cuando, adicionalmente, se deteriora la infraestructura de combustibles, el impacto se amplifica y resulta mucho más severo: la producción se paraliza, las cadenas de suministro se interrumpen y la hacienda se adentra en una grado recesiva.
Hasta ahora, la combate en Medio Oriente solo ha generado un desequilibrio transitorio entre la ofrecimiento y la demanda de combustibles. El obstrucción del cartuchón de Ormuzruta por la que circula cerca del 20% de la demanda mundial de crudo, ha empujado el precio del grasa en dirección a el entorno de los 100 dólares por barril.
En respuesta al aumento de los precios, se han planteado varias medidas para aumentar la ofrecimiento. Entre ellas, destaca la libertad de 400 millones de barriles de las reservas estratégicas de los países del G-7. Incluso se ha debatido la conveniencia de flexibilizar las sanciones impuestas a Rusia desde 2022. La primera iniciativa —equivalente a unos cuatro días de demanda mundial o a vigésimo del convexidad que atraviesa a diario el cartuchón de Ormuz— podría contribuir a estabilizar los precios si se anticipa una resolución rápida del conflicto. La segunda ofrece un alivio condicionado: Rusia ha seguido vendiendo su crudo a China y a la India con importantes descuentos, mediante una flota de buques que opera fuera del radar regulatorio.
Aun cuando las hostilidades concluyeran pronto, la combate en Medio Oriente podría dejar secuelas de mediano plazo en el mercado de combustibles. Tras el ataque estadounidense a la isla de Kharg —por donde Irán canaliza cerca del 90% de sus exportaciones de crudo— las autoridades iraníes han capaz que responderán contra instalaciones vinculadas a intereses petroleros de Estados Unidos en la región. La proximidad de Irán a varios productores esencia del Vago —Arabia Saudita, Catar, Emiratos Árabes Unidos y Kuwait, entre otros— implica que cualquier ascenso bélica regional incrementa el peligro sobre infraestructuras energéticas cruciales para la ofrecimiento mundial.
En un tablas de desabastecimiento provocado por la destrucción de capacidad productivalos países no solo pagarían más por cada barril de crudo, además competirían por asegurarlo, acumularían inventarios y reconfigurarían alianzas. El shock de ofrecimiento deja de ser exclusivamente crematístico para obtener dimensiones políticas, logísticas y militares. Esa combinación —escasez física acompañada de tensiones geoestratégicas— convierte el desabastecimiento en un peligro mucho más inquietante que un simple aumento de precios.
La presión de la demanda y unos precios que podrían aventajar los 150 dólares por barril llevarían a muchas empresas a resolver fuerza longevorescindir contratos y contraer penalidades antiguamente que cumplir compromisos de suministro pactados a precios más bajos. En ese contexto, los exportadores netos de combustibles —como Estados Unidos— aprovecharían la escasez y los precios elevados para obtener beneficios extraordinarios.
Los países más expuestos a una escasez de combustibles serían los asiáticos: China, India, Japón y Corea del Sur dependen en gran medida del grasa procedente del Vago Pérsico. Europa además importa crudo de esa región, aunque en pequeño proporción. Esa vulnerabilidad llevó a Donald Trump a solicitar a China, Francia, Japón, Corea del Sur y Reino Unido el emisión de buques de combate para contribuir a la reapertura del cartuchón de Ormuz. Londres ya rechazó desplegar un portaaviones, mientras que los demás países no han ofrecido una respuesta pública a la petición.
Tal como se anticipó en el artículo “Fuerza Maduro”, publicado en esta columna la semana pasada, el encarecimiento de los combustibles elevó en la República Dominicana el subsidio por encima de los mil millones de pesos. El Tarea de Industria y Comercio informó el viernes que el subsidio ascendió a 1,190 millones de pesos, pese a que las gasolinas y el gasóleo aumentaron 5 pesos por bordado. Se tráfico de un nivel que presiona las finanzas públicas, ya que el presupuesto del Gobierno no contempla capital suficientes para sostener un subsidio de esa magnitud durante más de dos meses.
La historia dominicana presenta episodios en los que ha sido posible agotar el impacto del encarecimiento del precio del grasa. En los primaveras setenta, el esforzado incremento del precio del azúcar en los mercados internacionales evitó que el shock petrolero de 1973 derivara en una recesión. Más tarde, durante las dos primeras décadas del siglo XXI, el país contó con el acuerdo de Petrocaribe, que permitió financiar entre 2005 y 2014 —a una tasa de un 1% y a 25 primaveras— importaciones de combustibles provenientes de Venezuela por más de cuatro mil millones de dólares. En la situación contemporáneo, el aumento del precio del oro no puntada para compensar el encarecimiento del crudo, ni existen condiciones regionales para establecer un mecanismo de financiamiento similar al que ofreció Petrocaribe.
Por otra parte, la hacienda dominicana ha registrado además episodios de escasez de combustibles. El aumento del precio del grasa en el segundo semestre de 1990, combinado con controles de precios aplicados por el Gobierno, provocó un desabastecimiento en el mercado restringido. Ese episodio contribuyó a una caída del 5% del producto interno bruto (PIB) y a una inflación del 80% en ese año. La evidencia confirma que el impacto estanflacionario de un shock petrolero es mucho más trascendental cuando los precios elevados coinciden con una pequeño disponibilidad de productos.
A la mayoría de países le conviene que la combate concluya cuanto antiguamente, en específico a los que están directamente involucrados. Todos los conflictos terminan en algún momento; la atrevimiento racional y óptima es ascender a un acuerdo antiguamente de que se destruya la capacidad productiva que abastece el 20% del crudo mundial. Si esa infraestructura crítica queda fuera de servicio, el problema dejará de ser un encarecimiento de precios transitoria para convertirse en una dislocación del sistema energético mundial: un shock que paralizaría la producción alteraría rutas comerciales, deterioraría las finanzas públicas y desestabilizaría economías enteras. Evitar que el conflicto cruce ese umbralado es la única forma de impedir que una tensión regional desemboque en un auténtico fin del mundo petrolero.
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