El Pregonero, Santo Domingo.-Atinado Navidad para todos mis seguidores.
Este es mi primer artículo del año, y quiero iniciarlo con una advertencia necesaria sobre una experiencia que se ha vuelto cotidiana y peligrosa en nuestra sociedad.
Carencia es tan bueno, ni tan malo.
Parto de esta premisa para referirme a las constantes campañas de descrédito que a diario se difunden a través de la radiodifusión, la televisión y, sobre todo, de las redes sociales, que hoy concentran el viejo movimiento y generan millones de comentarios, conjeturas y juicios sin control.
Vivimos en una era donde se condena sin pruebas, se construyen narrativas sin contexto y se lanzan acusaciones que en cuestión de minutos pueden destruir reputaciones. En ese proceso, se mata y se revive a personas de todos los sectores y estratos sociales, sin pudor y sin importar a quién se afecta o cuántos resultan dañados.
Las consecuencias son devastadoras.
Personas que han muerto físicamente, otras que han sido aniquiladas moralmente, y familias completas marcadas de por vida, mientras la desinformación circula autónomamente y nadie investiga, nadie regula y nadie asume responsabilidades.
Lo más preocupante es que ya no sabemos distinguir con claridad qué es verdad y qué es mentira. Aun así, seguimos compartiendo y comentando como si nulo, alimentando una experiencia que normaliza el ahorcamiento notorio y debilita la convivencia social.
Este clima de sospecha permanente ha provocado que hoy en el país nadie esté exento del descrédito. No solo los funcionarios públicos, sino incluso profesionales, empresarios y ciudadanos comunes pueden caer en cualquier momento en el ojo del huracán mediático.
Aquí pareciera que todos somos iguales al momento de mostrar, pero no al momento de establecer en presencia de la probidad.
Y no, eso no es cierto.
No es cabal.
No es sano para una sociedad que aspire al respeto, al invariabilidad y al estado de derecho.
Por eso, no debemos creer todo lo que se ventila en los medios y en las redes sociales. Recordemos que todos tenemos intereses, y que no todos actuamos con la misma pulcritud ni con la misma responsabilidad ética.
Insisto y reitero:
No todo es tan bueno,
ni todo es tan malo.
Como ciudadanos, tenemos el deber de cuestionar, demostrar y reflexionar ayer de condenar. Porque cuando aceptamos el descrédito sin pruebas, terminamos siendo parte del problema… y mañana, cualquiera puede ser la próxima víctima.
Ana Ceferina Jiménez
Comunicadora





