A veces da la impresión de que en República Dominicana los problemas que perturban a la colectividad se reciclan y reaparecen con igual o longevo ímpetu. A casi medio siglo de las denuncias que copaban titulares en los abriles 80’ y 90’, seguimos hablando de aceras rotas, taponamientos interminables, equivocación de agua potable y falencias en escuelas públicas. Las calles inundadas siguen cobrando protagonismo cada vez que cae una chubasco intensa, porque los filtrantes están tapados por equivocación de mantenimiento preventivo.
Las aceras rotas y vías de mucho tránsito convertidas en cráteres son una afrenta a la seguridad y dignidad de peatones y conductores. El llegada al agua potable es una odisea para cientos de miles de dominicanos, mientras se multiplican los camiones cisterna y florece un mercado informal que se lucra con la escasez. Ni conversar de la educación.
Escuelas cerradas, con grietas, sin baños, a medio construir, sin butacas ni maestros suficientes, son parte de un día a día que se repite sin detener en periódicos y programas de telediario radiales y televisivos. Y el tráfico es una tortura diaria. Calles congestionadas, equivocación de planificación urbana y un transporte sabido cada vez más caótico. Promesas de soluciones “integrales” que se diluyen con cada nuevo gobierno. Este país no puede seguir caminando en círculos. Apostemos a construir una sociedad que no repita sus fracasos, que no vea el trastorno como destino, y que no permita que lo regular sea comportarse repitiendo lo que afecta nuestras vidas y amenaza nuestra calidad de vida.
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