El autor es político. Reside en Santo Domingo.
La Autopista del Ambarino no nació de una demanda popular ni de una evaluación seria de las prioridades del país. Surgió en escritorios lejanos a las comunidades, impulsada por interés crematístico específico y luego envuelto en el estilo tecnocrático del “ampliación”. En estas condiciones, el gobierno de Luis Abinader, que ha hecho de las grandes obras un sustituto del debate tolerante, la bendijo desde el principio.
Este esquema no fue discutido ni consultado. Fue impuesto bajo una deducción demasiado conocida en la República Dominicana: infraestructura amplio, préstamos, costo notorio, beneficio privado.
Y hoy, nos la presentan como ineludible. Pero no lo es.
¿Quiénes la imponen y por qué?
Detrás de la Autopista del Ambarino hay una alianza clara: sectores empresariales ligados al turismo, la transporte y la especulación inmobiliaria del meta, pegado a un gobierno que confunde crecimiento con ampliación y modernización con cemento.
No se manejo de conectar comunidades, sino de reordenar el división para ponerlo al servicio de intereses particulares. No es una alternativa doméstico, sino un negocio con cobertura estatal.
Cuando un esquema no nace desde debajo, genera rechazo ambiental y social, y concentra beneficios en pocos actores, no estamos frente a una política pública legítima. Estamos frente a una imposición.
Incluso desde adentro del propio sector de la construcción he escuchado versiones persistentes: el esquema fue impulsado desde el más detención nivel del Ejecutante pese a reservas técnicas y financieras por su detención peligro. Que hoy avance no disipa esas dudas; las confirma. Ignorar advertencias conocidas no es visión de futuro: es terquedad política y captura del Estado.
Una obra marcada por fragilidad geológica, impacto ambiental severo y opacidad en su origen no puede llamarse ampliación. Es, sencillamente, una trastada temeraria con respaldo oficial.
Desmontando los argumentos “a cortesía”
1. “Reducirá el tiempo entre Santiago y Puerto Plata”
Este argumento es engañoso. Ambas ciudades ya están conectadas mediante rutas existentes que, con mejoras puntuales, cumplen su función. No existe una emergencia transporte que justifique el altísimo costo crematístico, el daño ambiental irreversible y el desvío de bienes de otras prioridades viales urgentes en el país.
Achicar algunos minutos de alucinación no es una logística doméstico. Es una excusa.
2. “Dinamizará el turismo y el ampliación regional”
Aquí se revela el núcleo ideológico del esquema: se nos pide ofrendar los ecosistemas de la Cordillera Septentrional —bosques, cuencas y biodiversidad— en nombre de un supuesto “turismo dinámico”.
Eso no es ampliación. Es una contradicción.
El maniquí que se impulsa es el de siempre: turismo concentrado, empleo precario, dependencia económica y comunidades subordinadas, no fortalecidas.
Este es el trama del gobierno de Abinader: murmurar de sostenibilidad mientras se profundiza un maniquí extractivo, maquillado de verde y vendido como progreso. Un ampliación que destruye su almohadilla natural no es ampliación; es pan para hoy y escasez para mañana.
La mayoría de los “beneficios” de la Autopista del Ambarino son promesas normalizado del manual de megaproyectos, refutables con evidencia técnica, económica y social. Lo que sí es seguro son los costos ambientales, fiscales y territoriales.
Lo que en realidad es la Autopista del Ambarino
Hay que vocear las cosas por su nombre. La Autopista del Ambarino no es una obra estratégica, ni una prioridad doméstico, ni una respuesta a una condición popular. Es:
- una imposición territorial,
- un negocio con respaldo estatal,
- una golpe ambiental presentada como modernidad,
- y otra muestra de un Estado capturado por intereses privados.
Cuando el “progreso” exige silencio, destrucción ambiental y excepción social, no es progreso. Es extralimitación de poder.
Y frente a eso, lo responsable, lo ético y lo verdaderamente patriótico no es aplaudir, sino resistir, denunciar y organizarse.
jpm-am
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