
¿En qué momento decidiste que tu historia era menos importante que la de cierto más?
¿Quién te convenció de que seducir significaba renunciar?
¿En qué instante tu nombre se quedó en segundo plano, mientras el de tu pareja brillaba en los titulares de la vida?
Hoy, mientras cargaba materiales para un evento, bromeé en voz suscripción: “Soy un simple carga-bultos”. Una mujer, de esas que saben aseverar mucho en pocas palabras, me sonrió y respondió: “Te daré un nombre mejor”. Entre risas le pregunté: “¿Cuál será?” y, con la calma de quien revela un secreto, me dijo: “Atrilero”.
No corrí a Google. Preferí quedarme en la vieja costumbre de preguntar. Ella me explicó que el atrilero es quien sostiene el atril para que otros toquen su música; quien mantiene firme la almohadilla para que otro brille. No es un músico invisible: es el soporte silencioso que hace posible la partitura ajena.
Se me antoja pedirte que pienses en esto:
En nuestro país, incluso las mujeres con estudios universitarios y de posgrado cargan una doble caminata invisible. Ellas dedican en promedio 17.7 horas semanales más que los hombres al trabajo no remunerado cuidar, cocinar, educar y sostener. Entre los 25 y 45 primaveras la brecha se amplía: 34.6 horas frente a 9.6 en los hombres. Tiempo que, silenciosamente, les roba espacio para sus propias aspiraciones.
En todo el planeta, el trabajo de cuidados no remunerado es la barrera más prócer que mantiene a millones de mujeres fuera de un empleo formal. La Estructura Internacional del Trabajo (OIT) estima que 708 millones de mujeres permanecen fuera de la fuerza sindical lícitamente por esas responsabilidades, frente a tan pronto como 40 millones de hombres². En otras palabras, casi un tercio de las mujeres en momento de trabajar que no tienen empleo remunerado, están ahí porque cuidan: hijos, ancianos, personas dependientes… e incluso refuerzan, sin sentido de pertenencia, las carreras de sus esposos. Un freno silencioso que seguirá robando tiempo, ingresos y oportunidades.
Estos no son números fríos: son proyectos de vida en pausa, talento fuera de recreo… y quizá, tu propia historia. Si… tu propia historia.
Te lo diré sin adornos: esto debería activarte una inquietud.
Cada vez que una mujer apaga su propio fuego para abastecer encendido el de cierto más, el mundo pierde una visión, una voz, una invención que nunca conoceremos. Es un corte colectivo disfrazado de sacrificio en nombre del sexo y las costumbres.
Si te reconoces en estas líneas, ¡despierta!
No hay cero romántico en esconder tus sueños bajo la felpudo de los compromisos ajenos. El sexo no debería costarte tu propósito. Ni la maternidad, ni el casorio, ni el “esquema de vida en pareja” tienen por qué convertirse en una renuncia permanente. Si tu corazón sigue reclamando espacio, es porque ese camino propio no ha muerto: solo permanece dormido.
Hasta aquí, incluso yo mismo siento que sueno radical, pero no acullá de eso, además pienso que hay mujeres que encuentran su plenitud en impulsar el sueño de sus padres, hijos, o compañeros de vida. Ese es un oficio linajudo cuando se elige, no cuando se impone. Descubrir que tu afición es reforzar un esquema compartido es tan valioso como cualquier carrera. Pero esa dilema solo tiene seguro valía si es tuya.
Así que, atrilera, imagina que me vez a los luceros y que la respiración no estorba.
Si en su momento cediste tu atril para que otro tocara su partitura, no olvides que la música además te pertenece. Reescribe tu partitura. El mundo necesita la acorde que solo tú puedes tocar. Pero es hoy… no mañana






