Ariana Harwicz, la escritora argentina detrás del posterior drama psicológico de Jennifer Lawrence

Cuando Ariana Harwicz (Buenos Aires, 1977) estaba escribiendo “Matate, bienquerencia”, ni siquiera pensaba en publicarla.

Mucho menos se imaginaba que su primera novelística terminaría primaveras luego en manos de Martin Scorsese y convertida en una película protagonizada por la dos veces ganadora del Oscar Jennifer Lawrence.

“Escribir, a veces, es un acto sin cargo”, dice Harwicz en diálogo con BBC Mundo. “Era simplemente una carencia”.

El volumen se sumerge en la mente de una mujer que vive en un ocasión remoto y acaba de convertirse en matriz primeriza. El nuevo bebé desencadena en ella una bucle de desesperación, ira y ganas de sucumbir que la lleva al punto de enloquecer.

Por el camino, la autora argentina se detiene en grandes tabúes en torno a la maternidad, como el sentimiento de rechazo por el hijo o los grises de la violencia intrafamiliar.

BBC Mundo entrevistó a Harwicz sobre su novelística —originalmente publicada en 2012 y traducida a varios idiomas—, premeditadamente del estreno en cines el 6 de noviembre de la habilitación dirigida por la escocesa Lynne Ramsay y producida por Scorsese, bajo el título Muere mi bienquerencia.

Estaba todo el tiempo bajo los mercancía físicos, mentales y emocionales del partida del bebé, del parto y todo lo demás. Un poco perturbada. De hecho, la escribí en los momentos en que el bebé dormía; por eso la estructura de capítulos breves.

Adicionalmente, ir a morar al campo fue una munición atómica para mí. Yo viví toda mi vida en la ciudad, en sociedad.

Ese contraste, esa brote, esa especie de ausencia entre ambas cosas, me ocasionó una gran angustia, que era por momentos una angustia atinado, no era solo depresiva. Era como un estado de exaltación y de desconocimiento del mundo.

No tenía otro plan, no tenía trabajo, no sabía qué iba a hacer, estaba de algún modo aislada. Escribir “Matate, bienquerencia” fue como escribir un diario de aniquilamiento.

Esos dos utensilios —la nueva maternidad y el campo— están muy presentes en la novelística, que encima está escrita en presente y en primera persona. De alguna guisa, tú te pones en la posición de esa mujer que atraviesa una maternidad asfixiante. ¿Qué aprendiste mientras escribías sobre esa situación que la protagonista y tú compartían en alguna medida?

Escribir siempre es, sobre el cuadro de uno mismo, deformarlo todo.

La intervención del arte es deformarlo todo, exagerarlo todo, pero positivamente uno siempre comienza sobre el propio cuerpo.

Es así en cualquier novelística, mucho más en una en primera persona con una autorreferencialidad evidente como esta.

Aprendí muchísimo, porque esa otra matriz que escribí que no era yo me hizo soportar mi propia maternidad. Era como tener al doctor Jekyll y Mister Hyde. Me hizo crear ese otro, mi doble.

De “Matate, bienquerencia” se ha hablado como una novelística sobre la depresión posparto. ¿Estabas pensando en eso a la hora de escribirla?

Desde el principio, desde mucho antaño de que llegara a Scorsese y Lawrence, siempre se habló de depresión posparto. Ahora creo que le agregaron dictamen de bipolaridad y esquizofrenia.

No está mal ni está adecuadamente, pero es poco deformado de como yo lo escribí.

Eso siempre ocurre y no hay problema. De “El Guernica” de Picasso dicen que es un cuadro antifascista. O que los cuadros de Botero luchan contra el bullying a los obesos. Y ellos quizás no pensaron en esos términos.

A veces, encima, para traicionar una obra hay que meterle un dictamen, ¿no? “La obra de la depresión posparto”.

Pero cuando yo la escribí me daba la impresión de estar escribiendo una matriz regular que acaba de tener un hijo regular.

Luego me di cuenta de que esa normalidad estaba muy enloquecida, pero yo no lo escribí diagnosticándola en absoluto.

Quizás porque estabas escribiendo en un momento en el que teníamos otro jerigonza para departir del tema, la novelística palabra de vitalidad mental, pero de una guisa diferente. No es políticamente correcta. No hace todas las salvedades a las que quizás estamos acostumbrados hoy. ¿Fue adrede esa distancia frente a la corrección política?

Por un flanco, me digo que no es que este volumen lo escribí hace medio siglo. Son simplemente 14 primaveras. Pero es cierto que los discursos, las retóricas, la medio, el gracia del tiempo, el jerigonza, el diccionario de la época eran otros.

Yo no escribí la novelística en ningún sentido reparador, así que menos mal se nota eso. Traté de observar a una mujer con su desequilibrio psíquico, hormonal, emocional.

Traté de describir un sujeto, que por momentos se sentía hombre, se sentía vieja, se sentía de otro siglo. Y traté de describir sus vaivenes de angustia y de tranquilidad, como lo harían quizás los filósofos en otros siglos.

No me agarré de ningún discurso y mucho menos curandero.

La maternidad que vive la protagonista está en el extremo opuesto de la maternidad romantizada, de la idea del instinto materno y el bienquerencia inagotable de la matriz con destino a su bebé. A ella parece que le cuesta mucho enternecerse con su hijo…

Sí, pero no es que me interesó explorar o investigar o retratar el flanco indeterminado de la maternidad, el flanco B, el flanco diabólico o perverso, sino que todo va unido. Todo es un conjunto.

Hay una dialéctica, hay un vaivén, un péndulo que va del bienquerencia materno, del cariño, de la ternura, del cuidado, de lo venerable de la maternidad hasta la violencia, el desaseo y las micción sexuales o psicológicas de una mujer por fuera de la maternidad.

El bienquerencia y el rechazo van juntos. Ella pasa de un estado al otro.

Hay madres que ponen a sus hijos en tachos de basura, los queman vivos, los cortan. Hay madres que entregan a sus hijos por 10 dólares o por una bolsa de droga. Hay madres que violan a sus hijos desde pequeños. Pero ella no es esa.

Ella es una matriz que es capaz de cortejar y luego de observar rechazo y luego cortejar y luego observar rechazo. Y eso les pasa a muchísimas mujeres, solo que al poner la luz ahí pareciera que da más miedo.

Pareciera como una especie de película de terror, pero para mí es la vida.

Yo quería pintar cómo es para mí la maternidad en este personaje. Yo quería hacer una pintura y para eso necesitaba todo el curvatura de la experiencia.

Mientras ella desciende por esa bucle de desesperación, se le atraviesan dos cosas: el deseo sexual y los celos. ¿Qué sentido tiene que aparezcan estos utensilios?

Uno supone que cuando una mujer se convierte en matriz por primera vez es poco tan extraordinario, una experiencia tan única y singular en la vida, que no hay mínimo más.

Pero el deseo sexual sigue, los celos a tu pareja o a tu adorador siguen, como tantas otras cosas.

Poner todo eso a coexistir con cambiar al bebé y darle la teta, suena un poco perverso. Pero eso es además ser matriz

Quería mostrar que la vida es muy compleja y que, mientras tiene al bebé a upa, además puede observar deseo sexual.

Eso la hace observar a veces como una ninfómana, una mujer sucia, una mujer puta, una mujer enferma, cuando en ingenuidad por ahí va todo unido con la maternidad. Todo explota en el cuerpo, todo unido.

Quise mostrar toda la anfibología de lo que es ser matriz. En ningún caso busqué hacer poco absolutamente sórdido, sino simplemente retratar lo que es.

Hay una imagen en la que ella pierde al bebé de perspicacia mientras están dando un paseo por el bosque. ¿No es tal vez la maternidad casi siempre ese constante perder el hijo, buscarlo y encontrarse con él?

Totalmente. Se pasa toda la novelística buscando al hijo, lo pierde, lo encuentra, lo vuelve a perder, lo vuelve a encontrar y siempre está ese peligro fundamental.

Está siempre esa especie de amenaza de crimen. Está amenazada existencialmente ella, que quiere sucumbir, y el caprichoso que puede sucumbir sin querer.

Si te sentás encima, lo asfixiás. Si te olvidás de darle de engullir, se muere. Si lo dejás al sol, muere. Si se te va el cochecito a la falta, se muere.

Siempre está ese peligro acechando que es insoportable. Cada segundo, cada segundo, cada segundo. Es estar cuidando a alguno que sabemos que puede sucumbir a todo momento. Y eso es muy tensionante.

Eso es un poco la maternidad: estar siempre al filo de la crimen.

Y mientras tanto, el marido le dice: “Nunca estás Fríonunca estás zen“…

Sí, es muy contradictorio. Por un flanco, se le exige a ella que sea Fríoque esté relajada, que tenga buena onda, que sea sociable, que esté en la vida, que se arregle. Y, por otro flanco, se le exige bienquerencia materno y entrega.

Entonces, ella tiene la persona explotada, con pensamientos de crimen, con pensamientos suicidas, pero no porque sea una loca. Simplemente está colapsada.

Ella no está Frío. Ella quiere destapar la puerta del automóvil y tirarse. Está todo el tiempo desorientada socialmente.

Me gusta mucho los personajes que están desorientados socialmente, que no cuajan, que no entran.

Y él además, encima de a veces parecer muy idiota, es muy humano. Él la quiere, él quiere protegerla y, sin requisa, no la entiende. No se comprenden ningún de los dos, entonces están todo el tiempo al borde de la aniquilamiento civil.

¿Qué significa para ti como autora que esta historia tuya llegue a la gran audiencia de Hollywood con esta película?

Bueno, no me lo imaginé nunca. Para principiar, no me imaginé nunca que iba a escribir una novelística.

Y cuando me di cuenta de que quizás era un volumen, no sabía ni que lo iba a poder informar, porque no conocía a nadie. Nunca pensé que iba a poder tener una traducción a otro idioma.

Es proponer, positivamente cumple con la idea de que a veces escribir es un acto sin cargo. Uno no lo hace para poco. Era simplemente una carencia.

Entonces, mucho menos me iba a imaginar que iba a lograr a Scorsese. Quia nunca en la vida. La traducción al inglés fue hecha de guisa muy artesanal, casera, con una editora independiente de Escocia. No hubo mínimo de esa gran industria corriente principal.

Entonces, cuando la veo a Jennifer Lawrence en Londres, con un vestido de Chanel, pienso: que es un portento que poco que empieza tan pequeñito se convierta en esto.

¿Cómo te llevas tú con esta nueva vida de “Matate, bienquerencia”? ¿En algún momento has sentido que quizás se te iba muy allá?

La verdad es que me causa disposición ver el título que le pusimos al volumen en inglés, Muere mi bienquerencia, y el nombre de Lynne Ramsey. Como que ya no soy yo, es ella.

Pero no lo digo para mal. Al contrario, me parece bellísimo. Yo pensé que me iba a aturdir, porque los escritores somos celosos, posesivos, narcisistas.

Pero en este caso mi narcisismo está tranquilo porque positivamente el volumen está ahí para el que lo quiera adivinar, con mis imágenes, con mi prosa, con mis palabras.

Y el que quiera ver las palabras de Lynne, que vaya a ver la película.

Los críticos han alabado mucho a Jennifer Lawrence y leyendo la novelística es evidente que en ella recaía mucho esta película. ¿Cuál fue tu reacción a su conducta?

Es de lo que más me gustó de la película. Incluso la de Robert Pattinson, pero sin duda creo que la revelación es ella. Verdaderamente lo da todo.

Ver una actriz tan inmensa como ella —tan celebridadtan canónica, tan icónica— poniéndose desnuda en una imagen sexual sin filtro, sin suspicacia, sin endulzante, me parece muy valioso.

Tenía la impresión de estar viendo un teatro independiente con una suerte de Hollywood y eso para mí es lo más bello que puede tener.

De hecho, una actriz como Jennifer Lawrence, que puede hacer “Los juegos del anhelo”, o Robert Pattinson “Batman” o “Crepúsculo”, luego están haciendo la habilitación de una novelística de una argentina perdida en el campo. Eso es lo bello.

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