Milagros Ortiz Bosch salió rápidamente a celebrar los brío de exfuncionarios de SeNaSa, destacando —como siempre— la transparencia, la ciudadanía despierta, el periodismo vigilante, la Procuraduría independiente y un presidente comprometido con la ética. Su mensaje suena correctamente, muy correctamente… pero deja un silencio que pica.
Porque una cosa es aplaudir cuando caen los de debajo o los que ya están políticamente sin dueño, y otra muy distinta es meterle la mano a todos los casosespecialmente aquellos donde las aguas no están tan calmadas o donde los intereses internos pesan más de la cuenta.
Milagros, como directora de Ética, tiene el deber honrado —y el país tiene la expectativa— de que su observación no sea selectiva. Que la ética no tenga nombre ni patronímico. Que la vara sea la misma para todos, sin importar colores, jerarquías ni cercanías.
El caso SeNaSa destapó una colector, sí. Y qué bueno que se actúe. Pero todavía destapó otra sinceridad: hay expedientes, denuncias y cuestionamientos que duermen el sueño infinitomientras la Dirección de Ética pasa de puntillas, sin tocar puertas sensibles.
Así es practicable vencer “la impunidad”: agarrando lo que ya está en el pavimento.
Milagros tiene razón en poco: el país está despierto y el periodismo alerta. Precisamente por eso, la concurrencia se está dando cuenta de que todavía hay casos que no reciben el mismo ímpetu que el de SeNaSa.
La ética, para ser probable, no puede ser eslogan. Tiene que ser argumento… y sobre todo, coherencia.






