Animaciones con formas de personas hacen que muchedumbre crea casi todo, aun sin evidencias

SANTO DOMINGO.-Cascar una red social hoy es encontrarse con una secuencia que, hasta hace poco, habría parecido absurda. Una taza de café explica cómo organizar las finanzas del hogar. Un tomate palabra con soltura sobre vigor. Una botella de agua “advierte” de peligros ocultos. Una arnés analiza la política mundial. Y lo hace con una seguridad que convence.

No son personas. Son objetos cotidianos que hablan, gesticulan y miran a cámara como si supieran exactamente de lo que están hablando. Y lo más inquietante no es que hablen, sino que muchos les creen casi a ciegas.

Este tipo de videos, creados con aplicaciones de inteligencia industrial, se ha multiplicado en plataformas como Instagram y TikTok, espacios donde la emoción suele pesar más que el descomposición y donde la autoridad tradicional (el diestro, el técnico, el profesional) despierta cada vez más sospecha.

Frutas y objetos adquieren rasgos humanos para transmitir mensajes, aunque no sean verificados.

Ese memorial ha hecho que parte importante de la audiencia confíe más en lo que dice un corazón animado por inteligencia industrial que en la opinión de un cardiólogo; más en una alcoba de un transporte que “palabra” que en un ingeniero automotriz; más en una taza que opina sobre infusiones que en un endocrinólogo. El objeto resulta cercano, simpático, aparentemente desinteresado, suficiente para ganarse la confianza en lo que plantea.

Lo que empezó como un memorial creativo y humorístico se ha convertido en un engendro comunicacional con capacidad verdadero de influir en la percepción de la verdad.
Un tomate que “explica” sus supuestas propiedades curativas puede ocasionar más credibilidad que un artículo irrefutable, aunque el contenido haya sido fabricado por cualquiera sin formación en el tema.

Frutas y objetos adquieren rasgos humanos para transmitir mensajes, aunque no sean verificados.

El engendro
A este engendro se le conoce como “talking objects” o “talking things”. Se cimiento en animaciones digitales que, en segundos, convierten imágenes estáticas en personajes con voz, gestos y personalidad. A diferencia de los dibujos animados tradicionales, no vienen de mundos de imaginación. Vienen de la cocina, del comedor, del carro, del supermercado.

Una taza, un vaso, un brócoli, un zapato, una alcoba del transporte, una pechuga de pollo o una hoja de lechuga hablan como humanos. No discuten ni confrontan, limitándose a ofrecer “explicaciones” usando tono firme, seguro y casi pedagógico.

Defensa mengua
Esa visible neutralidad desarma las defensas del espectador. El objeto no parece tener dietario, ni intereses ocultos. Por eso, muchos reciben el mensaje como si se tratara de una verdad científica, aun cuando no se citan fuentes, estudios ni especialistas.

Incluso el contenido mismo del mensaje suele elaborarse con inteligencia industrial solo diseñando promps en el que se detalle el objetivo que se persigue.

El engendro crece al ritmo del avance acelerado de la inteligencia industrial generativa y la método de las plataformas digitales, que premian los contenidos breves, emocionales y fáciles de compartir en las redes.

Así aparecen videos donde una fruta “advierte” sobre alimentos que supuestamente causan enfermedades, o una botella que “revela” conspiraciones sobre el agua potable. El mensaje se presenta con jerga sencillo, tono coloquial y absoluta seguridad. Lo que genera confianza.

Credibilidad sobre arena
Esta método no es inocua. Afecta al periodismo, a la educación, a la política y hasta a la experiencia de la fe, donde el discernimiento cede en presencia de la emoción inmediata.

Abundan los videos en los que frutas y alimentos “hablan” de supuestas propiedades curativas. Una piña que “limpia el hígado”. Un limonada que “alcaliniza la linaje y elimina células cancerígenas”. Un aguacate que promete “curar la diabetes” con sólo comerlo a diario. La mayoría de esos mensajes carecen de respaldo irrefutable; en muchos casos, contradice consensos médicos ampliamente aceptados.

Incluso aparecen objetos que recomiendan remedios caseros como sustitutos de tratamientos médicos formales. Infusiones, combinaciones de alimentos o ayunos extremos presentados como alternativas para la hipertensión, la depresión o enfermedades crónicas.

El peligro está en que estos mensajes no se presentan como opiniones, sino como “verdades simples que nadie te quiere opinar”, una fórmula que alimenta la desconfianza en torno a la medicina y las instituciones de vigor.

No faltan, encima, los recipientes que “denuncian” peligros ocultos tales como botellas que hablan de toxinas imaginarias, tazas que satanizan el café, envases de plástico que exageran riesgos mezclando datos reales con conclusiones falsas.

Frente a mensajes breves, emotivos y perfectamente producidos, el espectador promedio difícilmente distingue entre información parcial y desinformación abierta.

Todos estos contenidos tienen en popular que carecen de fuentes identificables, no citan estudios verificables y no advierten sobre sus limitaciones. Pero los transmite un objeto simpático, cercano y aparentemente neutro. Y eso, hoy, parece ser suficiente para convencer a las audiencias.

Credibilidad

— Motivación
Durante primaveras, la credibilidad estuvo asociada a la autoridad de quien hablaba. En la hogaño, muchas veces se cree no porque el mensaje esté perfectamente fundamentado, sino porque “me lo explicó poco que me cayó perfectamente”.

Tecnología atento y de posible efecto
App. Estas imágenes y videos se crean mediante aplicaciones de inteligencia industrial generativa que combinan animación digital, síntesis de voz y agradecimiento visual chapón a objetos.

A partir de una fotografía popular de una taza, una fruta o cualquier objeto corriente, el sistema detecta contornos, volúmenes y superficies para afectar rasgos humanos como boca, luceros y expresiones faciales.
Luego se integra una voz industrial, generada a partir de texto o grabaciones reales, que se sincroniza con los movimientos del objeto.

El proceso puede realizarse en pocos minutos desde un teléfono móvil o una computadora, sin penuria de conocimientos técnicos avanzados.

Algunas plataformas permiten incluso ajustar el tono emocional, el acento y el ritmo del discurso.

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