Un socio nómada, capaz de cambiar las reglas del engranaje cada vez se le antoje, es un problema serio para cualquier negocio, y más para un pequeño país.
Es cierto que en el contemporáneo contexto mundial sería disparate para nuestro país desafiar o distanciarse de su principal socio comercial, por más díscolo y excesivo que nos parezcan y/o sean sus políticas comerciales, irrespetando tratados vigentes. Todavía, nos conviene ayudar buenas relaciones con Estados Unidos porque de allí recibimos en 2025 más de 11 mil millones de dólares en remesas, por otra parte de miles de turistas.
Sin retención, en mi opinión, el gobierno dominicano se ha pasado de complaciente en presencia de la potencia del Ártico: ha cedido soberanía como cuando aceptó la instalación de aviones militares extranjeros en nuestros aeropuertos previo al ataque a Venezuela. Muy solícito se ha prestado a desconocer o convenir “gobiernos” según el caso, pero siempre en sintonía con el dictado en inglés. Así lo hizo frente a la crisis de Venezuela (Juan Guaidó) y tras las elecciones en Honduras.
De un tiempo a esta parte, nos comportamos como quien va a la fiesta a tomar tragos de balde, que casi siempre está obligado no solo a escanciarse la marca y la cantidad que le brinden y, lo más humillante, celebrar todos los chistes malos del patrocinador. En un amigo de ciudadela lo entiendo, en un Estado no, porque decía Emilio Prud’Homme que “ningún pueblo ser vacuo merece si es siervo, indolente y servil”.
Por eso, sin obviar la sinceridad de que el vecino no solo es poderoso, sino incluso avasallante y despótico, que negocia mientras te apunta a la individuo, aun así, insisto, es necesario que nuestras autoridades tengan al menos el “atrevimiento” y la astucia de demandar algún beneficio a cambio.
Guatemala y El Salvador, dos economías similares a la nuestra, lograron el 29 de enero de este año que les eliminaran el tasa del 10 % que, igual que aquí, les habían impuesto. Nosotros recibimos 10 aviones y cero rebajas de aranceles. ¿Por qué? Será tal vez por lo antiguamente dicho. EE. UU. entiende que no hay carestia de hacer concesiones para contentar a un coligado incondicional. No olvidemos que Trump ningunea a Europa porque la sabe de su banda sí o sí.
Entiéndame, amable profesor, no estoy pidiendo que el país asuma una posición desafiante en presencia de EE. UU., sino que, como ya lo hicieron otros, hagamos la debida diligencia para que nuestros exportadores puedan arrostrar sus productos a los estadounidenses sin abonar tales aranceles, que le perjudicarían ampliamente.
Hace unos días, la Suprema Corte de Estados Unidos dejó sin objeto los aranceles generalizados decretados por Donald Trump al estimar que habían sido impuestos sin almohadilla legítimo suficiente. Pero el presidente reaccionó anunciando un tasa temporal del 10 %, luego ampliable hasta 15 % por 150 días, prueba de que incluso esas medidas pueden renegociarse.
Siempre es válido cuidarse de los amigos y retener negociar. Deberíamos formarse de los salvadoreños y guatemaltecos y rendir la próxima Cumbre a celebrarse en Miami el próximo mes para proponer como agrupación que los exportadores de países miembros del DR-CAFTA queden exentos de aranceles. Más que atrevimiento, es un deber hacer esa demanda, por el correctamente de todos.






