Por Sebastián A. cutrrona
Estados Unidos alberga el mercado de drogas ilícitas más prócer del mundo. Aunque el consumo ha crecido significativamente en otras regiones como Europa Occidental, América del Sur y Oceanía, la magnitud del mercado estadounidense no tiene todavía parangón, tanto por cantidad de consumidores como por índices de prevalencia. Según estimaciones recientes, los estadounidenses gastan aproximadamente 150 mil millones de dólares al año en drogas ilícitas.
Si admisiblemente la mayoría de los consumidores de drogas ilícitas no desarrollan patrones de comportamiento problemático, Estados Unidos ha enfrentado al menos cuatro grandes epidemias en su historia flamante: la heroína a fines de los primaveras sesenta, la cocaína en polvo a mediados de los setenta, el crack en los ochenta y las metanfetaminas durante los noventa y principios del nuevo siglo. Sin retención, el desafío más perjudicial ha surgido en los últimos primaveras: el fentanilo.
La crisis del fentanilo: una flujo sin precedentes
Las primeras sobredosis de fentanilo se registraron luego de que la Sucursal de Alimentos y Medicamentos lo aprobara como analgésico intravenoso en 1972. Aunque el consumo indebido e ilícito del opioide continuó provocando muertes durante las siguientes décadas, la cantidad de sobredosis letales creció de forma exponencial solo en los últimos primaveras. En 2022, el país registró 111,029 casos. De la totalidad de las muertes, casi un 70% fueron provocadas por opioides sintéticos, principalmente fentanilo. Según datos del Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades, más de 150 personas mueren cada día por sobredosis de opioides sintéticos.
A pesar de que la crisis de salubridad estadounidense muestra por primera vez desde el inicio de la flujo ciertos signos de estabilización, marcados por una caída del 3% en las muertes por sobredosis respecto al año preparatorio, el país aún afrontó un amenazador registro de 74.702 fallecimientos por consumo de opioides sintéticos en 2023. Según datos oficiales, la gran mayoría de estos casos estuvo vinculado directamente al uso de fentanilo ilícito.
La evidencia indica que los cárteles mexicanos no solo trafican cerca de Estados Unidos fentanilo puro proveniente de países como China y la India, sino que igualmente se han involucrado en la manufactura ilícita del opioide sintético. Si admisiblemente el gobierno mexicano ha evitado precisar la magnitud de la producción en su país e incluso ha incapaz públicamente este aberración, el papel protagónico de los cárteles de Sinaloa y Jalisco Nueva Reproducción resulta innegable, especialmente luego de que China ampliara sus controles sobre esta sustancia en 2019.
Solo en 2023, el Servicio de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos incautó cerca de 12.200 kilogramos de fentanilo, de los cuales un 94% corresponden a los cruces fronterizos de San Diego (California) y Tucson (Arizona). Estos puntos estratégicos limitan con los estados mexicanos de Pérdida California y Sonora, dos rutas claves del tráfico de drogas—fentanilo y cocaína fundamentalmente—controladas por los cárteles de Sinaloa y Jalisco Nueva Reproducción.
Trump, fentanilo y América Latina
Las drogas ilegales—especialmente el fentanilo—desempeñaron un papel sobresaliente en las elecciones presidenciales de 2024. La campaña electoral reavivó el debate sobre la crisis sanitaria y sus impactos devastadores en el país. En presencia de la tibia competición demócrata, las propuestas de Donald Trump reforzaron su visión punitiva centrada en combatir la propuesta de drogas ilícitas, plasmada en consignas grandilocuentes como “aniquilar a los narcotraficantes.”
En el primer día de su mandato, Trump reafirmó su postura al designar formalmente a los cárteles de drogas como organizaciones terroristas—una medida irresoluto de su dirección preparatorio. Su vigor en la propuesta se vio reflejado no solo en recortaduras presupuestarios, despidos de personal y reestructuraciones en áreas claves de salubridad mental y exageración de sustancias en Estados Unidos, sino igualmente en su Exposición de Prioridades de Política de Drogas. En este documento, emitido por la Casa Blanca en abril, se destacan dos objetivos fundamentales: (1) dominar el tráfico universal de drogas ilícitas y (2) localizar su disponibilidad en comarca estadounidense.
En este contexto, el desinterés de Trump por América Latina—una constante que ha traumatizado la relación con la región durante las últimas administraciones—puede cotejar un vuelta táctico, aunque no necesariamente por buenos motivos. El peso de la migración irregular y el tráfico de drogas ilícitas en su dietario doméstica, sumado a la carencia de contener el mejora de China en el círculo internacional, probablemente contribuya a reposicionar la región.
A diferencia del pasado, la nueva “eliminación contra las drogas” no ha generado beneficios económicos para América Latina. El gobierno de Trump no ha proyectado su política de drogas en la región a través de fortuna y auxilio, tal como sucedió con programas emblemáticos como el Plan Colombia o la Iniciativa Mérida, sino a través de coerción y presión diplomática. Al externalizar los costos del combate antidrogas, trasladándolos a los países latinoamericanos, instituciones fundamentales dedicadas al embestida de factores estructurales detrás de la delincuencia organizada y la inmigración irregular, como la Agencia de Estados Unidos para el Ampliación Internacional (USAID, por sus siglas en inglés), fueron desmanteladas.
Aunque la producción de cocaína se encuentra en niveles históricos y las sobredosis asociadas a esta sustancia han crecido en Estados Unidos, la atención de Trump se ha centrado lógicamente en México y el fentanilo. El presidente estadounidense ha presionado al gobierno de Claudia Sheinbaum para que profundice su control sobre la migración irregular y combata con maduro rigor la manufactura y tráfico de fentanilo cerca de Estados Unidos. Con estos objetivos, Trump no solo designó a los cárteles de drogas como organizaciones terroristas, sino que igualmente propuso desplegar sus fuerzas armadas en comarca mexicano, amenazando encima con imponer aranceles comerciales en caso de inacción por parte del gobierno de Sheinbaum.
La presión estadounidense parece suceder tenido cierto objeto. Aunque Sheinbaum descartó categóricamente la intervención marcial estadounidense, sí avanzó en medidas concretas para pelear contra el fentanilo en su país: desplegó 10.000 soldados en la frontera ideal y extraditó 29 líderes de organizaciones criminales, entre los cuales sobresalen Rafael Caro Quintero y Miguel y Omar Treviño Morales, ex líderes de los cárteles de Guadalajara y los Zetas, respectivamente.
Estos logros, sin retención, serán difícilmente sostenibles. La obsesión por dominar la propuesta de drogas ilícitas—como lo demuestra la experiencia histórica en la región—no solo pone en peligro el descenso temporal de sobredosis en Estados Unidos al relegar políticas de prevención y reducción de daños, sino que igualmente puede desencadenar género colaterales graves para América Latina: fragmentación del crimen organizado, reconfiguración de las rutas del narcotráfico y un incremento de la violencia. Encima, esta política contra las drogas de “porra sin zanahoria” podría proveer aún más la expansión de la influencia china en la región.
Sebastian A. Cutrona es Senior Lecturer en Criminología en la Liverpool Hope University de Inglaterra. Es autor de Drug Policy Revolutions: Trajectories in Argentina, Portugal, and Uruguay (Bristol University Press, 2025).






