“Alofoke” como sistema en la vida pública dominicana (4)

Julio Santana

El artículo de Afortunado J. Hernández, publicado en Acento el 5 de diciembre de 2025, introduce un matiz necesario en el debate al señalar que Alofoke no inventó la vulgaridad ni creó la marginalidad social que consume sus contenidos. En ese punto coincidimos plenamente. Ningún aberración cultural surge en el hueco ni puede hacerse entender al beneficio del contexto histórico y social que lo produce.

El problema aparece cuando esa constatación, válida en sí misma, se desliza casi sin advertirse en torno a una absolución estructural de un aberración que no solo refleja carencias preexistentes, sino que incluso contribuye a profundizarlas. Ahí el examen deja de ser suficiente, porque omite los pertenencias reales de una dinámica que termina fomentando la ineptitud cívica, la indiferencia íntegro, la invalidación del conocimiento, la pérdida de profundidad y la clausura de horizontes colectivos.

Un aberración de la naturaleza del que analizamos, que no nace de la falta, no debe ser eximido de responsabilidad pública. La historia del pensamiento político es clara en este punto. Los sistemas no se explican sólo por sus causas de origen, sino incluso por sus pertenencias, por su capacidad de reproducirse, expandirse y enderezar determinadas conductas. Es precisamente ahí donde el enfoque estrictamente descriptivo se revela insuficiente.

Separar al personaje de la persona, distinción legítima en el plano individual, no resuelve el problema cuando el personaje se convierte en dispositivo cultural, en plataforma capaz de modelar lenguajes, aspiraciones y criterios de licitud social. Alofoke, entendido como sistema, ya no es solo un reflexivo de la marginalidad. Es incluso un agente activo de reproducción simbólica de esa misma precariedad cultural.

El argumento de que la vulgaridad precede a Alofoke es seguro, pero incompleto. Todavía precedieron a los grandes procesos de degradación política el resentimiento, la frustración, la impotencia social y la desigualdad. Lo esencial no es su mera existencia previa, sino el momento en que encuentran una forma organizada, rentable y masiva de expresión. Cuando eso ocurre, el aberración deja de ser exclusivamente sociológico y se convierte en político, aunque no aspire formalmente al poder. Pespunte con que pretenda orientar conductas, preferencias y resultados colectivos conforme a criterios propios sobre lo que considera aceptable o legal.

Aquí resulta ineludible la advertencia de Hannah Arendt. Los mayores daños a la vida pública no siempre provienen de la maldad consciente, sino de la renuncia a pensar. El peligro no reside en que Alofoke explique el país, sino en que contribuya a deteriorar el habla con el que el país se explica a sí mismo, un habla ya severamente degradado por la superficialidad, la irresponsabilidad y la partida de rigor. El espectáculo permanente no neutraliza la política. La sustituye.

No se prostitución de desmentir la astucia empresarial de Santiago Matías ni de desconocer su capacidad para identificar una demanda insatisfecha. En ese circunscripción, su desempeño es innegable. Pero el mercado puede explicar el éxito, no justificarlo moralmente. Todo mercado debería efectuar adentro de un situación cultural y ético. Cuando ese situación se debilita, el mercado no corrige, amplifica. La partida de regulación, o su inobservancia casi absoluta, no constituye una virtud, sino una señal inequívoca del dejadez del Estado y de la responsabilidad colectiva.

Aquí emerge una discrepancia fundamental con el interesante artículo que comentamos. Presentar el aberración como un despertar de los llamados desmoralizados puede resultar descriptivamente atractivo, pero es conceptualmente riesgoso.

¿La desmoralización se supera celebrando el hueco o reconstruyendo horizontes de sentido? Si el Estado ha fallado, y ha fallado gravemente, la respuesta no puede ser la renuncia cultural a toda exigencia.

El argumento de que no vivimos una coexistentes Alofoke porque crece la matrícula universitaria siquiera disuelve el problema. ¿Suerte la expansión cuantitativa de la educación garantiza formación crítica o densidad cultural? ¿No es precisamente lo contrario lo que constatamos y lamentamos? La banalidad no se mide por títulos acumulados, sino por hábitos de pensamiento, calidad del debate sabido, pasión por la recitación y capacidad de distinguir entre lo trivial y lo esencial.

El punto más delicado del texto de Hernández es quizás el llamado final a que Alofoke eleve su contenido y asuma una dimensión social más amplia. El deseo es legal. Sin requisa, observado como sistema, se impone una advertencia arendtiana.

Ningún sistema se corrige desde adentro sin una transformación previa de la conciencia que lo sostiene. No puntada con añadir contenido educativo si la dialéctica dominante continúa siendo la del impacto inmediato, la viralidad, la vulgaridad, la ostentación, el culto al capital y a la violencia.

La cuestión de fondo no es qué hará Alofoke mañana, sino qué está dispuesta a exigir la sociedad hoy. Sin ciudadanía crítica no hay contenido elevado que sobreviva, creemos que en ningún planeta habitado por seres inteligentes. Sin habla estricto no hay civilización que se sostenga, lo mismo que, sin pensamiento autónomo, toda plataforma termina ocupando el espacio que la política y la educación abandonaron.

Alofoke no es culpable del derrumbe íntegro del país, pero siquiera es un aberración indeterminado. Es signo y, al mismo tiempo, acelerador de una dialéctica que convierte la atención en mercancía y transforma el conocimiento seguro y el pleito crítico en estorbos. El seguro peligro no reside en su éxito, sino en la ciudadanía con que aceptamos que el ruido vulgar sustituya a la palabra y que la popularidad desplace al pensamiento.

Si poco debe terminar claro al cerrar esta serie es esto. La banalidad no se combate atacando personajes, sino recuperando la responsabilidad individual de pensar. Como enseñó Arendt, la familiaridad comienza cuando alguno se atreve a no obedecer la dialéctica dominante, incluso cuando se presenta como entretenimiento inocente. El destino de la vida pública dominicana no se juega en un canal de YouTube, sino en la capacidad de sus ciudadanos para no renunciar al pensamiento.

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Economista (Ph.D) y entendido en sistemas nacionales de calidad, planificación estratégica y normatividad de la Suministro Pública. Fue director de la antigua Dirección de Normas y Sistemas de Calidad (Digenor).


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