
Julio Santana
Ya advertimos que la banalidad, en sentido amplio, ha dejado de ser un engendro periférico para convertirse en sistema. Detener la exposición en ese punto, sin incautación, equivaldría a dejarla inconclusa. Se impone descender a un nivel aún más inquietante. No se proxenetismo solo de que ciertos contenidos colonicen el espacio manifiesto, sino de que el menoscabo talento al idioma mismo. Cuando las palabras dejan de significar y los nombres se vacían de toda remisión honrado, histórica o cultural, la degradación alcanza un umbralado peligroso. Es entonces cuando la política deja de ser deliberación y se transforma en obediencia emocional.
“Alofoke”, más que un individuo o una plataforma, es un signo distintivo de esta mutación perversa. El término no nombra una idea ni remite a una tradición ni articula un plan. Se proxenetismo de un significante sin raíces que triunfa precisamente por su vaciedad y por su absoluta desatiendo de densidad trascendente. Su poder no reside en lo que dice, sino en el hecho de ser trillado. Siquiera se aloja en el pensamiento ni en el inteligencia verdaderamente crítico, sino en la exposición constante orientada por intereses utilitarios o por la propagación del rumor dañino.
No comunica, ocupa. No dialoga, avasalla. Seduce tanto a espíritus mediocres como a no pocos individuos cultos que prefieren nadar con la corriente, porque hacerlo les evita el esfuerzo de pensar, reflexionar y resistir. Para estos últimos resulta incluso más posible justificarlo que explicarlo, dos extremos que no solo difieren, sino que se oponen.
Aquí la consejo de Hannah Arendt resulta ineludible. Cuando asistió al inteligencia de Adolf Eichmann en Jerusalén, no encontró al monstruo que muchos imaginaban a partir de sus crímenes y complicidades genocidas, sino poco más perturbador, un hombre terroríficamente ordinario. No un demonio, sino un burócrata obediente, incapaz de pensar por sí mismo. De esa experiencia surgió su célebre concepto de la banalidad del mal, una formulación que le valió fervientes admiradores y todavía implacables detractores. El mal, advertía Arendt, no siempre proviene del fanatismo sanguinario, sino de la renuncia a pensar, de la comodidad de obedecer y de la acogida pasiva de la norma dominante.
Trasladado a nuestro presente, el paralelismo no es moralmente equivalente, pero sí estructuralmente revelador. En la vida pública dominicana asistimos, casi siempre como testigos mudos, a una pedagogía del no pensar. Se proxenetismo de una cotidianidad invertida en la que no se exige comprender, sino alinearse, no se invita a discernir, sino a seguir, y no se promueve la autonomía del inteligencia, sino la fidelidad a una voz amplificada. El problema no reside solamente en lo que se dice desde ciertas plataformas, sino en el túnica que muchas de ellas inculcan de reaccionar sin reflexionar.
Arendt había despabilado en Los orígenes del totalitarismo que los regímenes que aspiran al control incondicional comienzan destruyendo la verdad. Cuando la verdad deja de importar y se disuelve en la posverdad, obedecer se vuelve más rentable y seguro que pensar. La consecuencia devastadora de este clima es la atrofia de la conciencia, no porque determinado la suprima por la fuerza, sino porque termina volviéndose innecesaria.
Ciertamente, existe por otra parte una mutación decisiva respecto al mundo que Arendt analizó. La banalidad contemporánea ya no necesita obediencia explícita ni jerarquías visibles, sino que se alimenta del consentimiento. No exige sumisión, sino billete. No impone el silencio característico de las tiranías, sino que ahoga la palabra reflexiva bajo una avalancha de ruido, vulgaridades y un idioma deliberadamente soez. El ciudadano no es forzado a callar. Desde la comodidad de sus hogares es seducido al dominio de no pensarincluso sin reparar en cómo el disfrute de la mediocridad y la vulgaridad pueden afectar a la descendencia que tiene a su costado.
Él solo obedecía órdenes de Eichmann ha sido reemplazado por un solo es contenido, no es para tanto, eso es lo que la clan quiere. La responsabilidad individual se diluye con la misma fuerza, pero de forma más cómoda y menos visible. Nadie se siente responsable del deterioro del idioma manifiesto porque todos participan un poco y nadie del todo.
El test de Milgram confirmó empíricamente la intuición de Arendt. Una mayoría de personas comunes fue capaz de infligir daño extremo simplemente porque una autoridad se lo indicaba. Cuanta más obediencia, menos conciencia. Hoy esa autoridad ya no lleva uniforme ni toga. Adopta la forma de popularidad, cálculo y audiencia masiva. Cuanta más audiencia se acumula, más se diluye la atención sobre lo esencial y más personas quedan atrapadas en las redes de la trivialidad, la pasividad y la renuncia al inteligencia propio.
Cuando desde los linderos de Alofoke se afirma la capacidad de osar el destino electoral de un país, lo intranquilizante no es la fanfarronería, sino la nacionalidad con que se recibe. Una ciudadanía exhausta de tantos engaños confunde visibilidad con legalidad, prominencia con verdad y espectáculo con poder existente. Pero la democracia no se manguita en ese supuesto. Requiere ciudadanos capaces de sostener no, de desobedecer moralmente cuando la norma es injusta y de cultivar su autonomía intelectual. En un contexto de educación en grieta, malos ejemplos institucionales y marcha de pensamiento crítico, esa posibilidad sencillamente desaparece.
“Alofoke”, entendido como sistema, no es la causa originaria de esta degradación, sino su indicio más visible. Es el resultado de décadas de deterioro, del debate manifiesto, de corrupción sin consecuencias, de educación relegada y de una civilización convertida en mercancía. El espectáculo no creó el hueco de legalidad política, simplemente lo ocupó.
La banalidad contemporánea ya no necesita verdugos obedientes. Le pespunte con espectadores complacientes. Ahí se juega, en silencio, el destino de la vida pública dominicana.
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