
Miniatura de Julio Santana
Si en la entrega inicial advertíamos cómo la banalización cultural va erosionando, casi sin ruido, la conciencia colectiva, en la presente debemos detenernos en una división aún más inquietante. Cuando los llamados programas de telerrealidad —o reality shows— se consolidan como pedagogía social de resonancia insospechado, se abre una nueva período. A la modelación de gustos, lenguajes y aspiraciones le sigue la pretensión explícita de incidir y atreverse en el dominio político.
Lo esencial es comprender que la espectacularidad permanente no se limita a degradar el horizonte honrado. Además reconfigura la forma en que amplios sectores perciben la autoridad, el liderazgo y la licitud. En ese tránsito, la política deja de ser espacio de deliberación y servicio notorio para convertirse en otro tablas del entretenimiento, regido por el murmullo, la rumorología malsana, la emocionalidad instantánea, el culto al metálico, la argumento oportunista de cualquier acto, la exaltación de la vulgaridad y la obediencia acrítica.
En la República Dominicana, las condiciones para este desplazamiento están sobradamente dadas.
Los reiterados escándalos de corrupción —que hoy alcanzan incluso servicios de lozanía destinados a los más vulnerables— y el cansancio de un electorado hastiado de promesas incumplidas erosionan sensiblemente el vínculo entre poder y licitud. Esta ya no se pierde por descuido de votos, sino por la persistente abandono de resultados y por la percepción, cada vez más extendida, de que el gobierno es un saco para repartir entre la audacia y la avidez desmedida.
¿Se comercio de una ensimismamiento teórica?
No. El aberración ha sido formulado con crudeza por uno de sus propios protagonistas. Santiago Matías, conocido como Alofoke, proclamó su intención de incursionar en la política con miras a 2028, no necesariamente como candidato, sino como actor determinante en la alternativa presidencial. Al afirmar que con “este dedo” se escogerá al próximo presidente o presidenta, no solo expresó una convicción personal, sino que dejó al descubierto una método inquietante que se expresa en la pretensión declarada de sustituir el litigio ciudadano por la influencia concentrada de una plataforma mediática sostenida —como ya hemos señalado— en el ruido, la desvergüenza, la ostentación, las palabrotas, la abandono de títulos y en cuantiosos posibles que nadie audita.
A ello se suma una deriva aún más problemática. La movilización instrumental de jóvenes tradicionalmente abstencionistas, no para formarlos como ciudadanos críticos, sino para arrastrarlos a una alternativa degradada, donde se vota por “el mejor” según un criterio de desecho honrado o, en el peor de los casos, por “el menos malo”, que seguramente terminaría siendo peor que aquel presentado como “mejor”.
De este modo, bajo la influencia y las intenciones declaradas de un exitoso “patrón”, el voto dejaría de ser una valentía fruto de la advertencia crítica para convertirse en una orientación delegada, guiada por la popularidad, la afinidad emocional o la obediencia a liderazgos mediáticos que no rinden cuentas ni se someten a controles democráticos.
Muchos podrían alegar que no existe una diferencia sustancial entre la política tradicional —atravesada por prácticas conocidas de manipulación, sobornos, patronazgo, corrupción y lavado de activos de dudosa procedencia— y un tablas incompleto por esta intervención. Sin retención, el matiz es fundamental.
Aquí la degradación se presentaría como espectáculo, se legitimaría como entretenimiento y se naturalizaría como una forma moderna de décimo, cuando en ingenuidad constituye una renuncia colectiva al deporte consciente de la ciudadanía.
Hannah Arendt lo explicó con claridad. El cierto peligro no proviene del poder estridente o corrupto, sino de la renuncia colectiva a pensar. Cuando amplios segmentos sociales aceptan que otros decidan por ellos, el espacio de la responsabilidad queda malogrado. No debemos perder de olfato que la democracia no muere por golpes espectaculares, sino por la lenta abrasión de la conciencia cívica. Hoy, esa conciencia aparece gravemente lesionada.
La alcance del aberración se acentúa porque se asienta sobre una civilización habituada a confundir éxito con ostentación y mérito con visibilidad, exhibicionismo de riquezas materiales y llano descuido de civilización militar. Bajo el silencio cómplice de la clase política, a generaciones enteras se les ha inculcado que el valía se mide por los zumbidos vulgares de generosidad y la simulación, y no por el esfuerzo. No sorprende, entonces, que la política termine evaluándose con los mismos parámetros. Presencia, drama, demagogia, arrogancia y teatralidad sustituyen la competencia, el conocimiento y la honestidad.
Este resultado no puede atribuirse solamente a determinadas plataformas digitales. Está estrechamente vinculado a la complacencia oficial frente al narcotráfico y a su creciente presencia en cargos electivos. Los dos fenómenos comparten un mismo trasfondo honrado. Normalizan lo inaceptable, exaltan el poder sin mérito y enseñan que los límites éticos son negociables.
Tanto la ostentación amplificada por el espectáculo como el metálico ilícito tolerado por un Estado que termina financiando partidos y candidatos transmiten una pedagogía perversa cuyos pertenencias ya padecemos. Así, en los programas de telerrealidad, el ciudadano deja de ser sujeto político para convertirse en audiencia. El voto se aproxima al aplauso y la deliberación se reduce a consigna. En el narcotráfico, el daño es análogo. Se glorifica lo factible, se trivializa el delito y la violencia se vuelve paisaje frecuente. En entreambos escenarios, la democracia se vacía de contenido sin que nadie declare su defunción.
No se comercio de demonizar individuos, sino de comprender el sistema que los hace posibles. Un sistema donde el espectáculo adquiere falsa autoridad honrado, la influencia digital suplanta a las instituciones y la arrogancia del poder mediático se celebra como audacia. Cuando algún puede afirmar sin rubor que decidirá el rumbo político del país desde una tarima digital, el problema deja de ser personal. Es estructural.
¡Nadie quiere ya estar fuera del espectáculo ni parecer serio en una época que castiga la profundidad, la leída edificante, los títulos y la honestidad a toda prueba! Ese es, quizá, el signo más preocupante de nuestra hora.
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