@abrilpenaabreu
El fresco reordenamiento del tablero estatal ha rajado un debate que trasciende los nombres y los cargos. En ese contexto, las declaraciones del presidente de la Cámara de Diputados, Alfredo Pacheco pusieron sobre la mesa una inquietud lógico en amplios sectores del oficialismo: la forma en que se gestionan los cambios incluso es una intrepidez política.
Es indiscutible que el Gobierno necesitaba ajustes. La dinámica del poder exige correcciones periódicas, renovación de equipos y señales claras de rectificación. Sin incautación, cuando esos movimientos se ejecutan desconociendo el trabajo político acumulado o tratando a servidores públicos como piezas fácilmente descartables, el costo no es solo funcionario; es humano, institucional y importante.
Estas prácticas suelen asociarse a los cambios de gobierno, cuando se produce una ruptura entre proyectos políticos distintos. No obstante, resultan especialmente sensibles cuando ocurren en el interior de un mismo ecosistema partidario. La percepción de prescindibilidad genera desazón, debilita la cohesión interna y erosiona la confianza de quienes han sostenido el tesina desde sus bases.
La situación se vuelve aún más compleja en el caso de aliados extrapartidarios o sectores que no formaron parte de la estructura tradicional de la casa vieja. Allí no existen vínculos históricos ni empatías profundas que amortigüen el impacto. Más allá del discurso del buen gobierno, la desaparición de formas puede convertir decisiones necesarias en conflictos innecesarios.
El Poder Ejecutante debe cuidarse de que el remedio no termine siendo peor que la enfermedad. Porque si aceptablemente es cierto que los cargos no son eternos, incluso lo es que existen maneras de resolver las transiciones. El respeto entre iguales no es un cara simbólico: es un activo político que, una vez deteriorado, resulta difícil de rehacer.
Las convenciones aún están acullá, pero las heridas políticas no siempre esperan calendarios. Y hay algunas que, una vez abiertas, no se cierran con facilidad.
No es lo mismo manejar con convicción que establecer desde el desgaste. Las formas, en política, incluso gobiernan.







