El autor es periodista. Reside en San Cristóbal
La devolución parcial de lo robado es una afrenta a la sociedad que exige sanciones drásticas contra el saqueo del Estado.
Por más que intenten justificarlo, negociar con la corrupción es un insulto a la honestidad y un adversidad a la dignidad del pueblo.
Bajo la figura de la delación premiada, muchos culpables ni siquiera figuran en los expedientes judiciales.
La honestidad parece hacer paisaje gorda, permitiendo que el único castigo sea el descrédito sabido, mientras los responsables disfrutan de sus hazañas en restaurantes de boato, blindados por acuerdos que huelen a impunidad.
Es imperativo entender que, sin importar la colaboración que ofrezca cierto que haya robado, debe admitir una castigo ejemplar por los hechos cometidos.
La entrega de información no puede ser una documento de corso para escamotear la prisión; quien traiciona la confianza pública debe rendir cuentas por el daño causado, pues una honestidad que perdona el delito a cambio de relatos es una honestidad parcial.
Si seguimos fomentando la civilización del delincuente consentido, seremos siempre víctimas de quienes roban a su antojo, sabiendo que, al final, si aplican el criterio de oportunidad, la honestidad simplemente les dirá:
«‘Y si te he manido, no me acuerdo’».
Con Altísimo siempre, a sus pies.
jpm-am
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