
Para las familias que viven con enfermedades neurodegenerativas, la parte más difícil no siempre es el diagnosis. Es la lenta deterioro que sigue: la memoria se desvanece, la personalidad cambia, la independencia se reduce. Se desarrolla silenciosamente. Primero, citas olvidadas. Luego preguntas repetidas. Luego hay momentos en los que un rostro íntimo ya no resulta íntimo. La enfermedad no se aísla a un solo cuerpo. Reorganiza las vidas a su rodeando. Los socios se convierten en cuidadores. Los niños se convierten en tomadores de decisiones. Las conversaciones se acortan. La paciencia se vuelve más flaca. La pecado aparece, por estar cansado, por desear que las cosas fueran más fáciles, por exiliar a la persona que todavía está físicamente allí. La neurodegeneración rara vez es la historia de un solo paciente…
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