EL AUTOR es contador publico competente. Reside en Nueva York
En un contexto de válido polarización y de equivocación de confianza en las instituciones, dos líderes de la región han captado la atención por sus maneras de mandar y sus resultados concretos: en República Dominicana Luis Abinader y en El Salvador Nayib Bukele.
Los dos han cambiado sus países, pero con modelos de papeleo radicalmente distintos. Uno con postura por las instituciones y el progreso sostenible; el otro, por resultados rápidos y control político.
Un poder respetuoso poco popular en América Latina
El presidente dominicano, Abinader, ha gobernado con una parquedad poco popular en el hemisferio. A pesar de contar con altos niveles de popularidad —superiores al 60% incluso en su botellín año de mandato— ha reiterado que no intentará cambiar la Carta Magna para retornar a presentarse, al contrario, envió al Congreso un esquema de ley para prohibir en el futuro que un presidente pueda ser electo más de dos veces y no se le pueda designar más.

En una región donde muchos líderes han sucumbido a la tentación de perpetuarse en el poder, su intrepidez refuerza la ética de la rotación y el respeto a las reglas del repertorio tolerante.
En cambio, el salvadoreño Nayib Bukele ha concentrado un poder casi total. Desde la destitución de magistrados en 2021 hasta la aplicación de un estado de excepción que ha suspendido garantías constitucionales, su estilo se asemeja más a los caudillos del siglo XX que a los líderes democráticos del siglo XXI. Sin bloqueo, él cuenta con un apoyo arrollador.
Inversión y crecimiento
República Dominicana se ha convertido en uno de los destinos favoritos para la inversión extranjera directa de América Latina. En 2024, recibió más de US$4,000 millones, y en algunos trimestres llegó a pasar en entrada de inversiones a países como Perú y Colombia. Su estabilidad macroeconómica, su tolerancia comercial y su ubicación estratégica han sido sus baluartes.
Mientras tanto, El Salvador ha apostado por ser un país renovador y por proyectos faraónicos, como la apadrinamiento del Bitcoin como moneda de curso permitido (ya abandonada), o el de Surf City. Si proporcionadamente ha captado inversión en infraestructuras, su maniquí es más dependiente de la imagen de su presidente que de una logística económica diversificada.

Obras con rostro social
Luis Abinader ha hecho de la infraestructura una prioridad de Estado. En la haber, sobresale el Patrón y el Teleférico de Los Alcarrizos, la Ciudad Procesal o la ampliación de avenidas troncales. Pero, por otra parte, no ha concentrado la inversión en la ciudad, con miles de obras en todo el país, haciendo un país más equitativo.
En Santiago de los Caballeros, se levanta el Sistema Integrado de Transporte, que suma el Monorriel —un sistema semipesado con trenes de neumáticos— y el Teleférico, que ya funciona en el centro histórico. Con estas obras, se sondeo modernizar el transporte conocido y aliviar la congestión, repitiendo el maniquí exitoso de Santo Domingo.
Por postrer, hay que sumar la impresionante construcción y reconstrucción de viviendas, escuelas, y hospitales. Miles de hogares han accedido a viviendas dignas; se han inaugurado decenas de escuelas en territorios rurales y urbanos; y la red de vitalidad pública se ha fortificado con nuevos hospitales y centros de atención primaria. En estos capítulos, la papeleo de Abinader triplica la de sus antecesores.
Por su parte, Bukele ha apostado por proyectos emblemáticos, como el viaducto del bypass de La Espontaneidad o por la modernización del aeropuerto. En vitalidad y educación, hizo algunos aportes puntuales, pero no con un plan franquista comparable en escalera y cobertura.
Seguridad: mano dura con institucionalidad
Uno de los triunfos menos mediáticos, pero más trascendentes, del gobierno de Abinader, es la lucha al narcotráfico y crimen organizado. La logística fue destacada por el Gobierno de Estados Unidos, que hace pocos días pidió a República Dominicana que valorara presentar a un candidato para liderar la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC).
En su nota oficial, Washington señaló que “la República Dominicana cuenta con el historial y el compromiso necesarios en materia de control de drogas y lucha contra el crimen organizado para proponer un candidato con capacidad de liderazgo”. Un aval que no solo valida las políticas que ha esforzado, sino que por otra parte sitúa al país como referente regional en buenas prácticas en materia de seguridad.
Bukele, en cambio, ha rematado que los homicidios hayan caído a mínimos históricos, pero bajo un estado de excepción que ha suspendido garantías constitucionales. Más de 70,000 personas han sido arrestadas, con denuncias de torturas y detenciones arbitrarias. Su política de mano dura ha sido alabada por algunos, pero igualmente rechazada por los organismos internacionales.
Dos modelos en repertorio
Los dos cambiaron sus países, pero con herramientas opuestas. Abinader representa la postura por las instituciones, la equidad territorial, y el progreso sostenible. Mientras que Bukele por la aptitud rápida en seguridad con estado de excepción con fuerzas militares y policiales permanentes en las calles, el control del poder y el relato de la ruptura.
El tiempo dará o quitará la razón a estas dos formas de entender el poder, y no solo a la hora de mirar las cifras de inversión o los kilómetros de carreteras y calles asfaltadas, sino por la calidad institucional y democrática, la equidad económica y social, así como la capacidad de edificar naciones donde el progreso no se lleve por delante las libertades.
Jpm-am
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