El zumbido de una bala que pasa a pocos centímetros del aurícula, no es solo una experiencia acústica, es en la conciencia, la irrupción súbita de la homicidio.
En milésimas de segundo, se activan la amigdalitis del cerebro e hipotálamo, disparando la descarga de adrenalina y cortisol. El sujeto se prepara para huir, aunque no haya tiempo ni espacio.
Ese engendro sónico de una bala es un evento biológico, neurológico y psicológico de adhesión intensidad. El daño puede afectar las células ciliadas de la cóclea, provocando hipoacusia parcial o permanente.
La onda supersónica puede menoscabar sin tocar. El tímpano vibra con violencia, la cóclea, estructura hélice del aurícula interno, sufre y aparece el tinnitus, ese silbido persistente que recuerda lo ocurrido.
Más allá del daño físico, el hecho puede dejar una huella emocional intensa. Se desarrolla un trastorno por estrés agudo, y si los síntomas persisten, puede suceder a trastorno de estrés postraumático (TEPT).
Durante semanas pueden surgir sobresaltos, insomnio, expresiones intrusivos y evitación de situaciones asociadas y somnolencia diurna. Como respuesta, la seguridad cotidiana se resquebraja.
Tras el evento se presentan disociación ideo-afectiva, hipervigilancia, pesadillas o evitación y conducta bizarra. La psiquiatría denomina a este proceso psicológico, memoria traumática sensorial.
Aun sin impacto físico, puede existir daño psíquico estimable.
A veces, sin incautación, el roce con la homicidio redefine prioridades. El zumbido puede convertirse en una experiencia sensorial muy perturbadora.
El engendro auditivo suele transformarse en recordatorio psicológico constante del peligro vivido, donde el aurícula no solo percibe un sonido, sino que la mente revive el instante en que la homicidio pasó rozando.





