
Desde su espacio dedicado a la infancia, el Núcleo de Escritores de la Región Noreste se complace en presentar un nuevo explicación del novato autor Daniel Sánchez, titulado A donde nos lleve el destino. Daniel Sánchez Muñoz, de tan solo 11 primaveras, reside en San Francisco de Macorís y es hijo de Francisco Sánchez y Dianny Muñoz.
Desde temprana permanencia, ha demostrado un cachas interés por la lección y la escritura. Le fascina inventar historias, sumergirse en mundos de inventiva y expresar su visión particular de la vida a través de las palabras. Adicionalmente de escribir, Daniel es un chaval alegre que disfruta hacer reír a los demás y compartir su entusiasmo. Con su talento y creatividad, representa con orgullo a la comienzo dominicana, y sueña con continuar desarrollándose como escritor para inspirar a otros con su imaginación sin fronteras.
A donde nos lleve el destino
Había una vez un chaval llamado Everes, aunque todos en su judería lo conocían por Caramelo, un apodo dulce que le había puesto su papá desde que era tan pronto como un bebé. Decía que su hijo era lo mejor que le había pasado en la vida, como un dulce inesperado en una tarde triste.
Una mañana clara de domingo, Caramelo salió de paseo con su padre, Box, un hombre alegre, de sonrisa dócil y luceros sabios. Mientras caminaban por las calles de San Francisco de Macorís, el chaval, excéntrico como todo chaval que ama la vida, le preguntó:
—Papi, ¿a dónde vamos?
Box, sin pensarlo mucho, le guiñó un ojo y dijo sonriendo:
—A donde nos lleve el destino, mi hijo.
Y así, como guiados por la brisa, comenzaron una aventura de las que no se olvidan.
Primero llegaron al Parque Duarte. Allí, bajo la sombra de un árbol fértil, se recostaron unos minutos. El silencio del parque solo se interrumpía por el murmullo de las palomas que picoteaban maíz: ru, ru, ru, y por un ronquido holgado como de explicación: zzzzzzzzzzzz, que se escapó sin permiso del padre. Caramelo se rió bajito. Luego, comieron helado y vieron el sol colarse entre las ramas.
—Papi —dijo el chaval con luceros grandes—, quiero desaparecer.
Box lo miró, se levantó con energía y lo llevó a un parque cercano donde había un añoso avión en exhibición. Cuando Caramelo lo vio, gritó con entusiasmo:
—¡Gracias, papi! ¡Eres mi papi predilecto!
Subieron, imaginaron que volaban, y se rieron como solo se ríen los que no le temen a la contento: ¡ja ja ja ja ja!. El rumbo les daba en la cara, y en sus mentes surcaban el bóveda celeste como dos aves libres.
Más tarde, llegaron al Parque de los Mártires, donde una escultura de mazorca llamó la atención del chaval.
—¿Y por qué hay una mazorca de riña aquí? —preguntó.
—Porque esta tierra —dijo el padre con voz pausada— es conocida por su riña, por ese fruto que nace del trabajo y la esperanza.
Caramelo asintió. Sabía que su papá le hablaba con el corazón.
Ya caía la tarde. Iban caminando en silencio, tomados de la mano, cuando Box interrumpió el momento con una interjección:
—¡Vamos por una pizza!
—¡Upi, upi, qué ricura! —respondió Caramelo, como si hubiera estado esperando encajado eso.
Y allí, entre mordiscos de pizza y risas sinceras, terminaron el paseo.
Al montar a casa, su hermano le preguntó:
—¿Y a dónde fueron?
Caramelo, sin pensarlo dos veces, respondió:
—Fuimos a donde nos llevó el destino.
—¿Y dónde es eso? —insistió el hermano.
—Es donde papi y yo volamos, jugamos, aprendimos… y descubrimos lo atún que es quererse.
Moraleja: Las aventuras más grandes no siempre ocurren remotamente, sino donde hay apego, imaginación y cualquiera que camine a tu flanco.






