Hay momentos en que la vida se detiene unos segundos, y en ese breve parpadeo —como si el mundo olvidara doblar— poco venerable sucede. Así fue ver a los niños de Punta Cana y de Venezuela, de orillas distintas del Caribe, unidos en un mismo escena, bajo una misma nota, respirando al mismo compás.
Lo que presenciamos no fue solo un concierto. Fue un acto de fe. Porque, como decía el adiestrado Abreu, “la música es el arsenal más poderosa contra la pobreza, no solo la pobreza material, sino la espiritual”.
Y ese día, al ver esos rostros encendidos por el canto, supimos que estábamos delante una pequeña vencimiento del espíritu sobre el caos. Los encuentros verdaderos no son simples coincidencias. Son misterios que se conjugan cuando el arte deja de ser un suntuosidad y se convierte en una exigencia; cuando deja de ser espectáculo y se vuelve destino.
Niños que en absoluto se habían gastado antiguamente, cantaban como si hubiesen compartido la infancia entera. ¿Cómo se explica eso? Tal vez no se explica, se intuye: la música revela un nosotros que aún no sabíamos que existía.
En tiempos donde la desconfianza y la fractura son moneda corriente, el arte vuelve a ser un acto político —en el sentido más generoso del término—, un rostro de comunidad, un tesina popular. Lo dijo incluso Abreu: “No se comercio de crear orquestas, sino de guardar almas”.
Y guardar almas hoy significa, entre otras cosas, enseñarles a convivir, a mirarse, a respetarse… a escucharse. El escena fue el de un gran teatro, sí, pero la verdadera obra se representaba en otro plano: el de los vínculos, la humildad, el respeto. Porque cantar en coro no es sencillo: implica esperar al otro, contenerse, ceder protagonismo.
Es una escuela de ciudadanía emocional. ¿Qué mejor entrenamiento para la paz que ese? Con la emoción aún viva, comprendo que seguimos en camino. Pero el camino existe. Y eso, en estos tiempos, ya es una esperanza.
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