Por Constanza Cilley
En el mundo adulto solemos afirmar una cosa y hacer otra. En el circunscripción digital, esa contradicción es particularmente evidente. Mientras declaramos que una perduración prudente para entregar un celular ronda los 13 abriles, en la destreza muchas niñas y niños acceden a su primer dispositivo propio antiguamente de los 10 abriles, marcando una brecha de casi 4 abriles entre lo discursivamente deseado y la verdad. Ese momento no es pequeño: cuando un criatura o pupila recibe su celular, se duplica su conexión diaria a internet. El ingreso al universo digital no es progresivo: es áspero, disruptivo y, muchas veces, solitario.
Este engendro refleja tensiones profundas. Como adultos, muchas veces entregamos dispositivos por comodidad, por seguridad o por miedo a que nuestros hijos queden fuera de lo social o de los avances tecnológicos. Pero incluso lo hacemos sin escolta actual, en contextos donde el comunicación es creciente y la mediación no siempre acompaña. Los estudios muestran una paradoja: estamos hiperconectados —casi 9 horas diarias en promedio (tres de las cuales en redes sociales, según Digital Report)—, pero a la vez desconectados del tiempo compartido. Casi la parte de madres y padres reconoce que se distrae con el celular mientras está con sus hijos según una de las últimas encuestas de Voices!.
La consecuencia es una infancia que navega un mundo digital difícil con escasos referentes disponibles. La tecnología no es el enemigo, pero sí un entorno que demanda habilidades, criterios y escolta. Hoy los niños, niñas y adolescentes (NNyA) son usuarios intensivos de tecnología, y se autoperciben hábiles. Pero aprender usar no implica aprender interpretar, reflexionar ni acogerse. Ahí radica un punto crítico: las altas habilidades técnicas conviven con bajos niveles de criterio crítico.
Esa desproporcionalidad entre uso y comprensión tiene consecuencias. El uso problemático de pantallas no es una hipótesis, sino una verdad palpable: deprivación de sueño, afecciones físicas como cefaleas y dificultad visual y afecciones mentales como pérdida de atención, ansiedad, incluso depresión, lo que se da a nivel general pero más marcadamente en Argentina y otros países de la región. La parte de los padres expresó preocupación por la sanidad mental de sus hijos, y muchos temen que sus hijos no se animen a contarles lo que les pasa.
Los propios adolescentes lo expresan con claridad en el Ureport de Unicef: el principal multiplicador que afecta hoy su sanidad mental es la discriminación, el bullying y, especialmente, el ciberacoso. Remotamente de estar en segundo plano, los riesgos digitales son reales, cotidianos y conocidos por las propias infancias y adolescencias. La exposición a contenido inapropiado, el contacto con desconocidos, el maltrato en recorrido y las apuestas digitales son parte del atlas digital que transitan. Y lo hacen, en muchos casos, sin director.
El ecosistema escolar incluso refleja estas tensiones. Docentes y familias coinciden en que la presencia de celulares en el cátedra afecta a la atención, el rendimiento y la socialización. Algunas escuelas en distintos países del mundo han comenzado a restringir su uso en clase.
Aquí entra en articulación una dimensión fundamental: la mediación adulta. Enseñar a usar adecuadamente internet no es solo cuestión de normas o de filtros. Es, delante todo, una cuestión de presencia. De diálogo. De disponibilidad. Los estudios muestran que a maduro mediación activa —conversar, explicar, unirse—, pequeño exposición a riesgos. No alcanza con que los chicos sepan usar la tecnología: necesitan instruirse a entenderla, cuestionarla y construir con ella y aprender cuidarse en ella.
El problema de fondo es que como adultos siquiera hemos desarrollado del todo esas habilidades. Nuestro uso muchas veces está atravesado por la inmediatez, el escapismo, la error de advertencia. ¿Cómo enseñar un uso responsable si no revisamos el propio? ¿Cómo promover el alivio digital si nosotros mismos no logramos amputar la pinta de las pantallas?
La convivencia digital necesita cuidados. Pero esos cuidados no los garantiza una aplicación ni una política de privacidad. Los garantiza una conversación. Una pregunta oportuna. Una audición actual. Una examen atenta. En última instancia, una presencia.
No se comercio de demonizar la tecnología. De hecho, puede mejorar la calidad de vida, rasgar oportunidades, acortar distancias. Pero su impacto no es imparcial. Y en las infancias, ese impacto se multiplica. Lo que hagamos —o dejemos de hacer— como adultos hoy define la forma en que nuestros hijos e hijas habitarán el mundo digital de mañana.
En esta conversación no alcanza con pensar en regulación o control parental. Necesitamos crear una nueva civilización digital compartida. Una que no deje solas a las infancias. Una donde la tacto técnica venga acompañada de criterio ético y emocional. Y, sobre todo, una en la que los adultos recuperemos nuestro rol, no como censores, sino más adecuadamente como guías.
En definitiva, la pregunta no es solo qué tecnología están usando nuestros hijos. La pregunta es: ¿quién los está acompañando mientras la usan?






